Key iluminó
con una pequeña linterna los restos del timón. El techo de lona que cubría el
puente se había consumido casi por completo y sólo quedaba de él unos cuantos
metros de tela chamuscada y los aros de aluminio ennegrecidos. Una brisa ligera
y salada le revolvía el pelo y le hacía ondear las faldas de su chal contra las
caderas y el trasero. El aire marino removía las cenizas que cubrían el suelo y
los restos de la silla del capitán y del timón.
Aquello no podía ser verdad. Aquello
no le estaba ocurriendo a él.
Él era Key
Kim y ésa no era su vida. Él se encontraba de vacaciones, descansando. De
hecho, al día siguiente regresaba a casa. Tenía que regresar a casa.
Aquello era una locura, así que
debía tratarse de una pesadilla. Sí, eso era. Él había embarcado para tomar un
último aperitivo con cóctel Nassau y se había quedado dormido en el camarote, y
ahora se encontraba en medio de una pesadilla protagonizada por un demente. De
un momento a otro despertaría y daría gracias a Dios por haber acabado con la
pesadilla.
En la oscuridad, el extintor
atravesó el aire, rebotó en el timón y se quedó clavado en el agujero.
—¿Qué viene
ahora? ¿Un poco de nalpam escondido en tu ropa interior? —le preguntó el tipo,
loco y aparentemente real, que se encontraba detrás de él; el tono de
furia de su voz cortó el aire nocturno que le separaba.
Key miró hacia atrás y vio esa cara
magullada y golpeada iluminada por la luz de la luna. Había creído que lo asesinaría y lo utilizaría
como carnada de pesca. Cuando esa tipo lo ató, tuvo más miedo del que había
sentido en su vida. El miedo se le instaló en el pecho y le cortó la
respiración. Había estado absolutamente seguro de que le haría daño y de que,
luego, lo mataría. Ahora estaba demasiado aturdido para sentir nada en
absoluto.
—Si hubiera
tenido nalpam, estarías asado —replicó antes de pensarlo dos veces; cuando cayó
en la cuenta de que lo había dicho, dio unos pasos atrás.
—Oh, no lo dudo,
querido. —Él se acercó hacia Kim y se llevó la mano a la espalda—. Aquí tienes.
Saco de detrás un
cuchillo enfundado en piel y le agarro a la mano. Kim se sobresaltó cuando
sintió que se lo ponía en la palma de la mano con un golpe.
—Si quieres acabar
con mi sufrimiento, utiliza esto —añadió—. Es más rápido y duele menos.
Despacio, él se
dirigió hacia donde antes había estado la puerta y donde ahora solamente
quedaba un marco de metal con unos retazos de lona ondeando al viento.
Entonces, aspiró con fuerza y empezó a bajar las escaleras.
A la primera señal de
fuego, Baby había escondido la achaparrada cola entres las patas y corrido en
busca de un rincón más seguro. Key también había corrido; o más bien se había
arrastrado por el suelo y las escaleras, hacia un rincón más seguro. Se había
quedado en la cubierta de popa mientras aquel loco llamado Minho combatía las
llamas. Había visto, sin podérselo creer, cómo los trozos de lona incendiada
volaban con la brisa.
El ruido de la puerta
de la cocina al cerrarse de golpe resonó en la noche. Luego, toso volvió a
quedar en silencio y el único sonido en medio de la quietud era el dulce
chapoteo de las olas contra el casco del barco. Miró alrededor, a la oscuridad,
a la nada, y se sintió como esos supervivientes de los huracanes que había
visto en las noticias: despeinado, con la mirada errante y aturdida. Su mente
captaba con dificultad su situación real: que se encontraba en cualquier punto
de océano Atlántico en un barco averiado y sin llevar encima nada más que la
ropa interior y un chal mientr4as un hombre a todas luces demente dormía bajo
sus pies.
Key bajó las
escaleras. Toda la noche había resultado surrealista, había sido como estar
atrapado en una pintura de Salvador Dalí deformada y retorcida en la que miraba
alrededor y se preguntaba «¿qué es esto?». Cuando llegó a la cubierta de popa
encendió la linterna y entró en la cocina a paso lento.
—Baby —susurró
llamando al perro.
Le encontró en el
banco, debajo de la mesa, alerta y asustado encima de la manta que él había
descartado ese mismo día. Poco a poco, como si temiera que el coco le saltara
encima, fue iluminando la cocina y el salón con la linterna. Detrás del salón,
atravesando la puerta, el haz de luz se encontró con una gruesa alfombra azul,
los pies de una cama y las suelas de un par de botas negras, al verlas, el
miedo que había sentido durante la noche recorrió sus venas de nuevo. Apagó la
linterna.
—Baby —Volvió a
murmurar, mientras buscaba a tientas encima del banco.
Cogió el cuchillo y
la linterna con la misma mano y con la otra tanteó la manta y la levantó con el
perro envuelto en ella. Salió de la oscura cocina de la forma más silenciosa
que pudo y se encontró, de nuevo, en la cubierta de popa. Se dirigió al mismo
punto donde había estado sentada unas horas antes, mientras sorbía vino en
compañía de otros pasajeros y escuchando las historias de piratas del capitán.
Cuando se sentó con los pies debajo del trasero, el frío plástico del respaldo
le heló las caderas.
Baby le lamía las
mejillas mientras él luchaba contra las lágrimas e intentaba no llorar. Key
odiaba llorar. Odiaba estar asustado y sentirse desvalido, pero las lágrimas le
brotaron antes de que intentase detenerlas.
El perro no se había
asustado. Había sido valiente y fiero pero, por primera vez desde que lo
adoptó, él deseo que hubiera sido un rottweiler.
Un rottwiler grande y malo capaz de destrozar los brazos, o lo huevos,
de un hombre.
Key se enjugó las
lágrimas y pensó en la caja de bengalas que había encontrado en el camarote.
Por desgracias, no tenía el valor suficiente para entrar en esa habitación y
recuperarlas. No mientras Mad Minho estuviese tumbado sobre la cama, al lado de
ellas.
Dijo que era capitán
de corbeta, pero él no se lo creía. Podía habérselo inventado. Era mucho más
probable que fuera uno de esos piratas modernos de quienes les había hablado
Mel Thatch, el propietario del barco.
Key desplegó el chal la manta y se envolvió en ella, con el perro en
el regazo. Miró hacia arriba, a los restos chamuscados del puente y a las
estrellas que punteaban el cielo y que en algunas zonas eran tan numerosas que
parecía que estuvieran apiladas unas encima de otras.
Apretó el cuchillo
que él le había dado. Era estúpido que un criminal hubiera hecho eso, pero era
evidente que no lo consideraba un peligro. No creía que fuese capaz de utilizarlo
contra él, y posiblemente tuviera razón. Una cosa era dispar a un hombre con
una pistola de bengalas, o defenderse de él durante una pelea, y otra bien
distinta rebanarle la garganta mientras dormía.
Lo más probable era
que le hubiese dado ese cuchillo porque tenía claro que no podía con ella, tal
como había hecho toda la noche. Todavía sentía la presión de sus manos en sus
muñecas y la solidez de su cuerpo contra su espalda. El hombre tenía los
músculos duros y una fuerza bruta, y él no era contrincante. El mismo momento
en que él le había agarrado por las muñecas y apretado contra su pecho, supo
que podía hacerle cualquier cosa y que no tenía modo de evitarlo.
Después de que lo
soltara por primera vez, Key se había quedado en las sombras a la espera de que
él fuera a buscarlo y lo hiciera pasar por la pesadilla de cualquier persona.
Temía que le arrancara la ropa, lo inmovilizara y lo violara. No había dudado
ni por un instante que opondría resistencia y protegería a Baby.
No había llegado a donde
estaba en la vida siendo pasivo. No era base de sumisión a los hombres que
había conseguido sobrevivir en un negocio que se alimentaba de los cuerpo de
los jóvenes y jovencitas ingenuas. Y no era para quedarse sentado que había
abandonado ese negocio con la intención de empezar su propia empresa de venta
por correo de ropa interior. Durante la mayor parte de su vida había luchado
contra un demonio u otro, pero cuando Minho lo sujetó y lo ató con tiras
arrancadas de su propia ropa, tuvo la certeza de que esta vez no sobreviviría,
de que lo violaría, lo asesinaría y arrojaría su cuerpo y el del pobre Baby por
la borda, tal y como había amenazado con hacer. Pero no lo había hecho. Todavía
estaba vivo. Se le escapó un sollozo y apretó sus temblorosos dedos contra la
boca.
Apartó la vista de
las estrellas y la bajó hasta el puente quemado. La primera vez que él lo
agarró, se dio cuenta de que para sobrevivir esa noche necesitaba un arma.
Preferentemente una Mágnum 357, como la Milton de su abuelo. Tuvo que apañarse
con una pistola de bengalas, y ahora que todo había terminado, se preguntaba si
habría sido capaz de dispararle, como Nicole Kidman disparaba a Billy Zane en
la película Clama total.
Luego de que lo peor
hubiese pasado, no podía evitar que las manos le temblaran y que un montón de
imágenes pasaran por su mente. Retazos de una cosa y fragmentos de otra. De
cuando él y Baby habían subido al yate para asistir al cóctel, de que éste
había sido más cóctel que aperitivo, de cuando su tumbó y de cuando se despertó
y se encontró con ese loco en el puesto del capitán. La imagen de él delante de
los mandos y de Baby ladrando furiosamente a sus pies. De cuando lo ató con su
propia ropa. De cuando encontró la pistola de bengalas. Del susto de ver esa
cara magullada.
Key estiró los músculos y apretó a Baby contra su
pecho. El vaso de vino todavía se encontraba donde lo había dejado antes,
cuando se fue al camarote a descansar un poco. Se preguntó si los Thatch
habrían descubierto que el yate había desaparecido. No lo creía porque, a pesar
de que parecía una pesadilla hubiera durando muchas vidas, en esos momentos
debía de ser la una de la madrugada. Los Thatch no volverían al puerto hasta
una hora más tarde. Se preguntó cuánto tardarían en darse cuenta de que él también
había desaparecido, cuánto tardaría todo el mundo empezar a buscarlo, cuánto
rardaria su familia en enterarse.
Aunque
en la empresa —Key Wear, Inc.—no tuvieran noticias de él, nadie le daría mucha
importancia. Simplemente pensarían que se estaba tomando un descanso más largo
de lo previsto. Al principio continuarían trabajando como siempre en el negocio
que él había iniciado hacía ya dos años. Posiblemente se apañarían sin él,
aunque ahora nada de eso importaba: sentía que tomaba dolorosa conciencia de su
situación real.
No había forma de salir del barco. Por lo menos
esa noche. Era posible que hubiese un bote salvavidas en alguna parte, pero no
era tan estúpido e irreflexivo como para cambiar un yate de catorce metros de
eslora por un cachivache de goma. Ni aun cuando en el yate estuviese ese loco.
Se encontraba atrapado y no había absolutamente nada que pudiera hacer.
No había forma de salir del yate. No había salida. Por primera vez en
toda la noche se sintió totalmente desvalido.
Se encontraba a
merced de las corrientes y de los piratas.
Key despertó cuando
sintió que el sol le calentaba la mejilla izquierda. Por un momento no supo
dónde se encontraba, y casi se había caído del banco. Abrió los ojos al cegador
sol del Caribe y se tumbó sobre la espalda. Desorientado, cerró los ojos de
nuevo y entonces todo volvió a su memoria en un destello horripilante. El miedo
y la vulnerabilidad en el estómago lo obligaron a sentarse de repente. Miró el
chal que llevaba, que se le había enrollado alrededor de la cintura y la manta
que le cubría una pierna y se desparramaba hasta el suelo de cubierta. Se
levantó, se acomodó el chal y echó un vistazo a la puerta de la cocina, que se
encontraba abierta.
La linterna todavía estaba encima del banco, pero el cuchillo había desaparecido.
Buscó a Baby con la vista pero no lo encontró, tampoco veía a Minho, pero le
oía.
—Mierda —se oyó desde
el puente de mando,.
Una mezcla de
expresiones malsonantes en coreano y en japonés salpicaron el aire de la
mañana. Key no entendía el japonés, pero tampoco le hizo falta. La diatriba fue
sustituida por una serie de golpes, como si él estuviera aporreando madera con
un martillo.
Key se levantó y fue
a la cocina. La luz de la mañana entraba por las ventanas y vio que su mochila
estaba tal y como la había encontrado la noche anterior al entrar en busca de
un arma: abierta y con el contenido desparramando sobre la mesa.
Los golpes
continuaban y Key levantó la vista al techo. Aquel capullo no solo la había
raptado, sino que había rebuscado en entre sus cosas.
Se sacudió el pelo con las manos, cogió el cepillo del montón de cosas
y lo guardó todo en la mochila de nuevo.
Mientras se cepillaba
el pelo, se paseó por el salón hasta el camarote llamando con suavidad a Baby.
La luz de fuera iluminaba retazos de la cama y de la alfombra azul. Key miró en
el baño, en la gran bañera con los mandos deslucidos. Buscó en el armario y
encontró unas cuantas camisas de hombre estampadas con palmeras y flamencos al
lado de unos bañadores con motivos tropicales, pero ni rastro del perro.
Volvió al salón y
arrojó el cepillo sobre el sofá. Si Baby no se encontraba dentro, tenía que
estar afuera; pero si tampoco estaba afuera… Sus pensamientos se interrumpieron
a causa de un fuerte golpe por encima de su cabeza, y salió corriendo a la
cubierta de popa. Si le hacía daño al perro lo mataría.
Subió por las
escaleras hasta el puente de mando de dos en dos y al llegar arriba lo que vio
le hizo para en seco. El tablero de mandos tenía peor aspecto a la luz del día,
todo estaba negro y derretido y había un gran agujero en medio. Baby se
encontraba sentado en medio del puente, tan quieto que parecía disecado,
mirando fijamente al enemigo. Éste se encontraba sentado con la espalda apoyada
en la regala, las piernas abiertas y los brazos sobre los muslos. En una mano
tenía una llave inglesa.
El triste destino de
Baby Doll era tener que enfrentarse, siempre y contra su voluntad, a perros más
grandes que él. Fuera cual fuere el tamaño y raza.
Era obvio que ahora había
decidido enfrentarse a Minho, y los dos machos se encontraban en un punto
muerto del combate, ambos inmóviles.
Ni siquiera los pelos negros y cortos de Minho ni los pelos marrones
de Baby se movían bajo la ligera brisa.
—Tu perro se ha
cagado en la esquina —dijo Minho, con la voz tan ronca como él recordaba.
Cuando Minho volvió
el rostro a él, Key lo miró con atención por primera vez. A la luz del día no
tenía mejor aspecto que a la luz de la noche. Parte de la inflamación le había
bajado, pero todavía estaba hinchado y con morados. Ahora solo resultaba un
poco menos aterrador.
—Estoy seguro de que no ha podido evitarlo —contestó él, decidido a no mostrar el miedo que sentía.
Buscó con la mirada pero no encontró la caca del perro.
—Lo he limpiado. Pero
a partir de ahora es trabajo tuyo.
Kim lo miró de nuevo
y se dio cuenta de que tenía los ojos de un hermoso color café. Al lado de esa
piel oscura y de ese pelo negro, por no hablar de los morados, resaltaban de
forma asombrosa.
—No soporto a los perros
estúpidos. Y el tuyo es el más estúpido que he visto en mi vida.
—Tú, un ladrón y
secuestrador, ¿cómo te atreves a llamar estúpido a un perrito?
—Ya te dije por la
noche que he requisado el yate, y que esto no es un secuestro.
Key encogió los hombros.
—Eso dijiste, pero
aquí estoy. Retenido contra mi voluntad en un barco que no te pertenece. No sé
de dónde eres, pero no creo que la mayoría de países del mundo esto constituye
un delito.
Minho levantó el
brazo y se apoyó en la regala para incorporarse. Cuando consiguió ponerse de
pie, Key dio un paso atrás.
—Si no hubieras
pegado fuego el timón, ahora estarías en Florida, cómodo y a salvo, sin ninguna
preocupación excepto la de qué pedir para desayunar. O te encontrarías camino a
Washintong, donde por lo menos un general te lamería el culo y se disculparía
en nombre de Estados Unidos y Corea. En lugar de eso, te pusiste histérico y
jodiste todo.
—¡¿Yo?!
—Ahora estoy atrapado
en el Triángulo de las Bermudas durante la estación de los huracanes en compañía
de un modelo de lencería y de un perro enclenque.
Tal como lo decía,
parecía que todo fuera culpa de él. El enfado sustituyó al miedo, y Key le
apuntó con el índice.
—Eh, un momento. Nada
de todo eso es culpa mía. Yo estaba durmiendo cuando tú raptaste el barco y
«nos requisaste» a Baby y a mí.
—Más bien estabas
inconsciente. Hice ruido como para despertar a un muerto.
Minho emitió un
gemido y se sujetó el costado con la mano.
—No estaba
inconsciente. Estaba muy cansado —se defendió, aunque en realidad no le
importaba lo que él pensara.
—Y yo estoy al mando
del yate, no de ti —exclamó—. Tú no tenías que encontrarte aquí. —Kim abrió la
boca para replicar, pero él continuó—: Y tampoco estas secuestrado.
—Entonces, ¿qué hago
aquí?
—En confianza, creo
que estas aquí para fastidiarme.
Baby dio por
concluida su actitud amenazadora y se acercó a Key. Él lo sostuvo en brazos. Ni
siquiera se preocupó de contestarle; en lugar de eso, dio media vuelta y lo
dejó solo en el puente de mando. Tenía preocupaciones más importantes que
discutir con un secuestrador desquiciado.
Debía de haber una
forma de alertar a un barco de rescate, reflexionó mientras entraba en la
cocina y rebuscaba por todas partes hasta encontrar una caja de barritas de
cereales en uno de los armarios. Eligió una de miel con nueces para sí mismo,
una de canela para Baby y se sentaron a la pequeña mesa. Habría matado a
alguien por conseguir una taza de café, y eso le hizo acordarse del cuchillo en
la funda de cuero. Seguro que él se lo había quitado mientras dormía. Quería
recuperarlo. Mientras daba cuenta del desayuno, Minho entró en la cocina
llenando por completo el espacio con sus anchos hombros y sus malas
vibraciones.
—¿Tienes mi cuchillo?
—aprovechó para preguntarle Key.
—Sí. —Minho destrozó
la caja de barritas de cereales y contestó—: Lo recuperé
—Lo necesito.
Minho abrió una
barrita de nueces y pasas con miel y miró a Key.
—¿Por qué? —preguntó.
—Simplemente lo
necesito —insistió él.
--¿Es que quieres
apuñalarme por la espalda cuando no me dé cuenta?
—No.
Minho lo miró con
esos ojos cafés mientras sacaba el cuchillo que llevaba a la espalda.
—Seguro que no —dijo,
y dio un paso hacia él.
Key se apretó contra
el respaldo y él depositó el cuchillo encima de la mesa.
—¿Puedes dejar de
hacer eso?
—¿A qué te refieres?
—A pegar saltos como
si estuviera a punto de atacarte.
—No lo hago —repuso
Key, pero sabía que lo hacía. Él le daba miedo, no había ninguna duda de
aquello. Calculó que debía medir, por lo menos un metro ochenta. Con la cabeza
casi tocaba el techo, y sabía por experiencia que tenía músculos fuertes.
—Si quisiera hacerte
daño —dijo Minho—, ya lo habría hecho.
Key no dijo una
palabra. Solamente agarró el cuchillo y se lo puso en el regazo.
—Y si de verdad quisiera
hacerte daño, ese cuchillo no me lo impediría.
Él le creyó, pero por
si acaso no lo soltó.
—¿Te hice daño ayer
por la noche?
Se trataba de una
pregunta retórica, pero aun así contesto:
—Sí.
Minho mordió la
barrita de cereales y preguntó:
—¿Dónde?
Key le enseñó las
muñecas, mostrándole ligeras marcas moradas que habían dejado sus dedos en la
piel. Él se inclinó para observarlas mejor y Key aguantó la respiración.,
preparándose por lo que él pudiera hacer. De momento se mostraba amistoso, pero
no confiaba en su humor.
—Bah, esas marcas son
tan pequeñas que no cuentan. —Se incorporó de nuevo y se introdujo el resto de
la barrita en la boca. Lo miró mientras masticaba, con la expresión seria, y se
encogió de hombros—. Eres demasiado blando.
—¿Estas echándome la
culpa de nuevo?
En lugar de
contestar, Minho sacó la otra barrita de la caja.
—No hace falta que
agarres el cuchillo con tanta fuerza. No voy a violarte.
¿Un criminal con
escrúpulos? Key no se sintió más seguro y siguió agarrando el cuchillo con
fuerza.
—Nunca he obligado a
alguien a estar conmigo —agrego él.
Kim no hizo ningún comentario, pero encarnó una ceja, como
expresando sus dudas.
Minho rompió un trozo
de la barrita y se lo hecho a Baby que lo pilló al vuelo.
—Nunca he necesitado —continuó—.
Puedes desnudarte y andar en pelotas, que el buen Minho no sentirá nada en
absoluto.
—Muy amable.
Baby se puso a
masticar el trozo de barrita de cereales.
—Soy un chico
encantador. —Minho consiguió esbozar una sonrisa y echó un vistazo en dirección
al salón.
Exacto. Y las medidas
de él eran 90-60-90.
—¿Funciona la radio? —preguntó
Key.
Por toda respuesta él
rió en silencio y replicó con otra pregunta:
—¿Es tuyo éste yate?
—No.
—¿De tu novio?
—No.
—¿Por qué tendría que
decirte nada?
Él cruzó los brazos
sobre su enorme pecho y se apoyó en el canto de la mesa de cocina.
—Cuando sepa de quién
son los papeles de propiedad, podré decirte con bastante exactitud cuánto
tardaras en ser rescatado.
—Mel Thatch —contestó
Key sin dudarlo—. Es el propietario de Dolphin Cay, la isla sonde he pasado las
vacaciones.
Minho lo observó con
detenimiento.
—Nunca oí hablar de
él. ¿Es algún famoso?
—No.
—¿Quién te espera en
Dolphin Cay? ¿Un Siwon, un Seunghyun, un apergaminado y viejo millonario?
Key nunca había oído
salido con un apergaminado y viejo millonario.
—No. No estoy
saliendo con nadie en este momento.
Ahora fue Minho quien
encarnó una ceja, escéptico.
—¿Estas de vacaciones
solo?
—No, estoy con Baby.
Por cierto ¿cuándo van a encontrarnos?
—Es difícil de saber.
Estoy seguro de que a estas alturas ya se ha comunicado el robo del barco, pero
el problema es que se roban yates continuamente, o se hunden para cobrar el
seguro. La guardia costera rastreará, pero nadie se tomará excesivas molestias.
Excepto el propietario, por supuesto. Aunque seguro que ya habrá llamado a su
compañía de seguros. Y posiblemente no se sentirá del todo mal cuando sepa que
le pagaran una cantidad superior a lo que vale el barco, sobre todo teniendo en
cuenta el estado en que se encuentra.
Key le clavó los
ojos:
—¿Cuándo?
—No lo sé. —Minho se
encogió de hombros.
—Me dijiste que lo
sabrías.
—Si estuvieras
saliendo con un congresista o con alguien que tuviera contactos, la búsqueda se
intensificaría y las posibilidades de un rápido rescate serían mayores. Pero
estoy seguro de que están intentando averiguar tu relación con todo esto, si
estas retenido contra tu voluntad o no. Y puedo decirte que nadie apostará por
la primera posibilidad sólo porque eres un famoso modelo de ropa interior. —Minho
mordió otro trozo de barrita y lo masticó despacio.
Key ya no era un
famoso modelo de ropa interior, pero no se molestaba en decírselo. Además,
nadie en sus cabales creería que él habría robado un yate.
—¿Y tú qué? ¿No hay
nadie que esté buscándote? ¿Una esposa? ¿Una familia?
—No —fue todo lo que
dijo Minho al salir de la cocina con la caja de barritas de cereal bajo el
brazo.
Era obvio que no
quería que supiera nada de él, y a Key le daba igual. En realidad, no quería
saber nada más de él de lo que ya sabía. Era un ladrón y existía alguien lo
suficiente como para romperle la cara. Con esa información le bastaba. Tenía
preocupaciones más importantes. Principalmente, la de encontrar la manera de
volver a casa.
Se levantó de la mesa
y se colocó el cuchillo con la funda debajo de sus boxers. El elástico lo
mantenía sujeto. De la mochila sacó las gafas de sol de cristales azules. Luego
buscó unos prismáticos. Que halló en el armario del salón. En la caja de
emergencia que había encontrado la noche anterior había un espejo, una bandera
de color naranja y un silbato. Por supuesto, las bengalas todavía estaban ahí,
pero ahora ya no tenían ninguna utilidad. Son esas tres cosas, Key se fue a
cubierta. Minho había levantado la escotilla de la sala de máquinas, pero Key
no le dirigió la mirada al pasar por su lado en dirección a proa. Baby se
afanaba tras él.
Años atrás, y como
parte de su entrenamiento contra la bulimia, había tenido que aprender que no
siempre podía controlarlo todo. También había aprendido a diferenciar entre
controlar ese desequilibrio y dejar que el desequilibrio lo contralara a él. Le
tomó micho tiempo empezar a reconocer la diferencia, pero había aprendido la
lección y la aplicaba en todos los aspectos de su vida.
Key no podía
controlar las corrientes ni la dirección del viento, pero no estaba dispuesto a
sentarse y esperar a que lo rescataran. Tenía una vida que vivir. Una vida que
amaba y que había conseguido a base de esfuerzo. Tenía un negocio que dirigir y
un detective privado esperando a ser contratado. No estaba dispuesto a quedarse
y apoyarse en «el bueno de Minho».
Una suave brisa
acarició la mejilla de Minho cuando sacó la cabeza de la sala de máquinas para
echar un vistazo hacia proa. Se inclinó hacia la izquierda y vio que él todavía
estaba allí, sentado en la punta de la proa con las piernas colgando fuera de
la borda, el espejo se señalización a su lado e intentando avisar con unos
prismáticos a un barco de rescate. Aunque no tenía ninguna forma de saber qué
hora era, Minho calculó que debía de llevar ahí unas tres horas. Podría haberle
dicho que utilizar un espejo para hacer señales en el océano era inútil y una
absoluta pérdida de tiempo y energía, pero no lo hizo.
En primer lugar, si
alguien estaba buscándolos, no tenía ni idea de por dónde empezar. En segundo
lugar, el espejo resultaba útil en el desierto, no en el océano. Y en tercer
lugar, la mayoría de los supervivientes decía haber visto entre siete y veinte
barcos antes de que alguien acabara por rescatarlos. Si había alguna
embarcación por los alrededores, pensarían que el destello del espejo procedía
del reflejo del sol sobre el agua. Pero no se molestó en decirle nada, porque
prefería que se quedara allí, en el extremo opuesto al yate. Lejos de él.
Ocupado en algo inútil y nada peligroso.
Era improbable que
los rescatasen ese mismo día. Y posiblemente tampoco al día siguiente. Lo cual
a Minho le convenía. Necesitaba tiempo para que las heridas se le curaran, y lo
último que quería era una señal que delatase su presencia a cualquier señor de
la droga que se encontrara por la zona.
Sintió el calor del
sol en los hombros y se quitó la camiseta negra.
La humedad era tan densa que se cortaba con la mano, y utilizó la
camisa para secarse el cuello y el pecho. Luego la tiró al suelo de cubierta.
Había pasado la noche
despierto, imaginando cualquier posible situación. Al salir el sol se levantó y
comprobó que los miedos nocturnos se habían cumplid: estaban parados en medio
de las aguas.
Encontró los
interruptores de los circuitos que habían saltado a causa del fuego y consiguió
conectarlos. Mientras durara el gasóleo. Los motores y generadores
funcionarían, si no se encontraba la forma de navegar y controlar la velocidad
y dirección del yate, resultaban del todo inútiles excepto para generar
electricidad. Los depósitos de agua estaban medio llenos y Minho pensó que si
racionaban el agua y el gasóleo tenían para unos treinta días. A partir de ese
momento, las cosas se complicarían de verdad.
Tanto el sistema de
comunicación como el navegador estaban destruidos por completo y no había modo
de repararlos. Por la mañana había echado un vistazo y se había dado cuenta de
que no podía hacer para que volvieran a funcionar.
La corriente los
empujaba hacia el noroeste a una velocidad e unos dos nudos y medio, o tres
millas por hora en el mejor de los casos, según estimó Minho. Si seguían a esa
velocidad y en esa dirección, se acercarían lo suficiente a alguna de las islas
de las Bimini para que los viesen los pescadores deportivos. Si todo iba bien,
en pocos días unos simpáticos pescadores avisarían y los llevarían al puerto
más cercano.
A no ser, por
supuesto, que el ciento les condujera hacia el sur, en cuyo caso era posible
que acabaran en aguas cubanas. Minho miró al cielo despejado y a las escasas
nubes. Hacía tiempo que no disfrutaba de un buen Cohiba.
En realidad, no temía
morir en medio del mar. Descartando una tormenta o un accidente —lo cual, dado
ocurrido la noche anterior, no era una posibilidad tan lejana— cualquier barco
que flotase acababa llegando a tierra o encontrando a otro barco. La única
pregunta era cuánto tardaría en producirse eso.
Al levantarse,
registro los armarios, compartimientos, cajones y vitrinas. Encontró un equipo
de pesca, comida enlatada, ropas, una máquina de afeitar y una caja de condones
(extra finos). Lo que no encontró fue otra radio de más ni un equipo de
retransmisión. Tampoco había armas a bordo, lo cual le ponía en una situación
de vulnerabilidad y reforzó creencia de que lo mejor que podía hacer en ese
momento era descansar.
Mientras el Joven Kim
roncaba en la cubierta de popa, él se entretuvo en buscar el radiofaro de
emergencia. Lo encontró en un lado del barco, en el lugar que le correspondía,
pero cuando lo abrió descubrió que las pilas no solo eran viejas sino que
estaban corroídas, lo cual inutilizaba el equipo por completo.
Buscó en la caja de
supervivencia pilas de recambio, pero las que encontró eran las mismas que
había en el momento de comprar el kit, en 1989. Por supuesto, tampoco podía
contarse con ellas.
No le había mentido a
Key al afirmar que no sabía si alguien lo buscaba. A esas alturas el Pentágono
ya debía de saber que estaba ilocalizable, y también que un yate había
desparecido del puerto de Nassau. Pero la posibilidad de que relacionaran ambos hechos era sólo una
conjetura por su parte. Además, en caso de que imaginaran que era él quien
dirigía el barco, lo más probable era que esperasen a que regresara, en lugar
de salir a buscarlo. Al menor por el momento.
Pero Lee Hyuk Jae era
otro tema. Él si estaría al asecho. El tipo ni sabría por dónde empezar a
buscar, pero seguro que lo buscaría. Ése era el problema con los señores de la
droga: si uno les mataba a su hijo se disgustaban mucho. Si Hyuk Jae encontraba
a Minho, las cosas se pondrían realmente serias; y más valía que Key no supiese
nada sobre eso. Dormiría mejor por la noche si su mayor preocupación seguía
siendo cómo utilizar el espejo de señales.
Un repiqueteo de uñas
sobre fibra de vidrio procedente de estribor captó su atención. Ese molesto
perro venía hacia él, seguramente con la intención de rematar el duelo de
miradas. Se acercó a la escotilla de sala de máquinas y se sentó. Ambos tenían
los ojos al mismo nivel. Minho se preguntó si, lanzando un palo, podría hacer
saltar a esa rata en miniatura por la borda. Plaf. Adiós.
Baby Doll Kim volvió
a adoptar la postura de disecado, decidido a cobrar otro combate. El perro
había ganado el primero, y Minho se dijo que era sólo porlevantó una ceja y
Minho se dijo que era sólo por aburrimiento que consentía en volver a mirar
fijamente al chucho.
Unos diez minutos más
tarde, el perro levantó una ceja y Minho creyó que comenzaba a vencerlo.
—Te cagas encima,
¿eh, chico? —Minho utilizó su mejor tono de instructor de las Fuerzas
Especiales de la Marina.
—Encantador.
Minho elevó la vista
más allá de los pies, las pantorrillas, el chal rojo, los botones de la blusa
blanca, el pecho y cuello, y miró a Key. Un azul cielo caribeño a juego con las
gafas de sol de color azul, le enmarcaba la cabeza. El poco maquillaje que
llevaba la noche anterior había desaparecido, y tenía color en las mejillas a
causa del sol y el calor.
Estaba absolutamente
impresionante y, por el rictus de las comisuras de la boca, Minho dedujo que lo
consideraba un absoluto idiota. Lo cual representaba una excelente mejora con
respecto a esa mañana, cuando lo había mirado como si fuera un violador.
—Ya te dije que soy
un chico encantador.
—También lo de era
Ted Bundy.
Era obvio que no
estaba equivocado en cuanto a la opinión que Key tenía de él. No le importaba,
pero la manera que tenía de sobresaltarse cuando él simplemente lo miraba, o el
modo en que se hundía en su asiento con los ojos abiertos de par en par a la
espera de que saltara sobre sí, lo sacaba de quicio.
—El generador y los
motores funcionan —le informó Minho. Salió de la sala de máquinas, sin hacer
caso del dolor que sentía en el costado, y cerró la escotilla—. Tenemos que
ahorrar combustible, así que solo encenderé por la noche un par de horas, y
durante el día en caso de que necesites el vatér.
No pronunció palabra,
y él lo miró. Key estaba observando el vendaje que llevaba en el torax y los
morados que tenía alrededor del mismo.
—Alguien te ha dado
una buena paliza. ¿Qué pasó, te pillaron en medio de una violación o saqueo?
—No fue nada tan divertido.
Sencillamente apuré demasiado la bienvenida. —Kim levantó la vista hacia la
suya y él añadió—: Una cuestión de
tiempos de mala suerte.
—Sé a qué te refieres
—contestó Key; él estaba seguro de que lo entendía—. ¿Dónde estabas para
resultar tan inoportuno?
Minho miró aquellos
ojos provocadores a través del cristal de las gafas de sol. El color que tenían
le recordaba un buen wisky Macallan:
suave, ligeramente ahumado y muy caro. Pera disfrutar lentamente, y tan añejo que
templaba todo el cuerpo.
Él también tenía la
madurez suficiente para saber en qué se había metido, así que, al mirarlo a los
ojos, Minho cambió de opinión respecto a no mantenerlo informado. Decidió
comentárselo; no todo, pero lo suficiente.
—¿Has oído hablar
alguna vez de los Lee Hyuk Jae?
—No.
—Es el jefe del
cártel de los Lee y se dedica a pasar cocaína a Estados Unidos y Japón.
—¿Eres miembro de un
cártel?
Minho lo miró con
atención y se dio cuenta de que hablaba absolutamente en serio.
—Joder, no.
—¿Esos traficantes están
buscándote?
—Es muy probable.
Kim cruzó los brazos
y ladeo la cabeza.
—Porque me pillaron
en su guarida sin una invitación.
—¿Y?
—Y no supieron
apreciar mi compañía.
—Estoy seguro de que
ya estás acostumbrado a eso.
Key se pasó la lengua
por los labios. Lo cual provocó que Minho se fijara en ellos.
—Pero debe de haber
algo más.
El sol brilló en la
humedad de su labio inferior durante unos segundos. Minho se preguntó qué sabor
tendría, si sería tan sexy y suave como su apariencia. Se obligó a levantar la
vista y a apartar cualquier pensamiento de besar a Key Kim.
—El hijo de Hyuk Jae
ha sido asesinado.
Kim bajó los brazos y
Minho esperó a que le preguntase si había sido él quién lo había asesinado.
—¿Hay agua fresca?
Sin duda, Key era inteligente
y comprendía la situación sin necesidad de que se lo contara.
O eso o era tan tonto
que no lo pillaba.
—He llenado una
botella y la he metido en la nevera —contestó Minho—. Todavía debe de estar
fresca.
Key dio media vuelta
para irse, pero se detuvo de repente y giró la cabeza para mirarlo con esos
enormes ojos pardos que atravesaban al azul de las gafas de sol.
—Supongo que no hay
agua suficiente para ducharse.
—No. Tendrás que
bañarte en el mar.
Minho oyó el suspiro
de resignación y observó el balanceo de las caderas que se dirigían hacia la
cocina y dejaban caer las puntas del chal sobre las pantorrillas.
Era exactamente igual
a lo que se veía en las revistas y los anuncios de televisión: sexo húmedo y
caliente desde la punta de los cabellos rubios hasta la punta de las uñas de
los pies. Mientras ese estúpido perro se iba tras él, Minho se preguntó si Key
sería tan valiente como para desnudarse delante de él y saltar al mar. Era lo
mínimo que podía hacer, después de haber incendiado el yate y haberlo dejado a
la deriva en medio del océano.
Minho se sentó con
cuidado en el banco donde Key había pasado la noche. Respiró lo hondo que pudo
y aguantó la respiración mientras se desataba las botas. La noche pasada había
pensado la posibilidad de que existiera un plan secreto del Gobierno para
deshacerse de él. Ahora que había pensado mucho en ello, no creía que fuera
así. En toda misión existían por lo menos doce cosas que podían ir mal en
cualquier momento. Era la ley de Murphy.
Ya se dio cuenta de
ello cuando el vuelo a Nassau se retrasó una hora y le hizo perder el contacto
que tenía con la agencia local de la DEA. No le importó, porque guardaba
información de última hora en la memoria.
Pero desde el
instante mismo en que había puesto los pies en Nassau la misión había sido un
infierno. Debería haberse retirado en ese momento, pero no pudo. Él era Choi
Minho, y lo que le hacía tan bueno en su trabajo era lo mismo que había estado
a punto de costarle la vida. Odiaba el fracaso. Sólo había fracasado una vez en
su vida, y se lo había tomado de forma personal.
Ese odio al fracaso
era lo que lo convertía en un perfecto miembro operativo del Gobierno. Además
del hecho de que no tenía familia. Cuando no se encontraba en una misión
secreta, llevaba una vida bastante normal.
El capitán de corbeta
Choi Minho estaba oficialmente retirado de la Marina, y cuando se desmanteló
ésta fue reclutado por el Grupo Naval de Desarrollo de Técnicas de Guerra
Especiales.
En la actualidad
trabajaba por su cuenta como consejero en temas de seguridad. La empresa de
Minho, C Security, era absolutamente legal y le suministraba bastante trabajo
cuando no se encontraba en alguna misión. La levantó de la nada y empleaba
miembros retirados de las Fuerzas Especiales de la Marina. Mingo y sus hombres
enseñaban a las grandes corporaciones a protegerse de tipos como ellos. Tipos
que encontraban la forma de penetrar en cualquier tipo de guarida.
Se quitó el vendaje
y, aguantando la respiración, se palpo entre la sexta y la séptima costillas.
El dolor era una buena señal, se dijo, pues lo obligaba a tomar consciencia de
que estaba vivo. Ese día estaba especialmente vivo, pero había vivido
situaciones peores. Por ejemplo, se acordó de una ocasión que se encontraba
colgado de una torre de perforación del mar del Norte cubierta de hielo
mientras le disparaban. Para él, ésa era ahora su imagen del infierno, y cuando
le llegara el momento de la muerte se acordaría de que en ese en entonces había
tenido su parte de eternidad. En comparación, encontrarse a bordo de un yate
averiado de catorce metros de eslora, con unas cuantas costillas rotas y en
compañía de un fastidioso modelo de ropa interior y su fastidioso perro no
significaba nada. En realidad, unas pequeñas vacaciones en el Caribe era justo
lo que necesitaba.
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