sábado, octubre 25, 2014

Capítulo 3



3

Vestido solamente con su camisa a tirantes, Key asomó la cabeza a la puerta del baño y miró alrededor. Dirigió la vista desde la puerta cerrada del camarote hasta el traje azul que se encontraba encima de la cama del camarote. Se había olvidado de llevarse la ropa al baño. Echó un vistazo al ojo de buey y, al no ver ningún par de ojos cafés que le devolvieran la mirada, corrió a un lado de la cama y rápidamente paso las piernas por el short del traje. Parecía que alguien lo hubiera manchado en un puesto de frutas, o con ensalada de ambrosía, ese mejunje que su abuela llevaba a las familias que tenían algún ser querido que acababa de «pasar a mejor vida».
Se abrocho el short y puso la camisa a juego, cuando terminó, sacó de la mochila el cepillo para el pelo. Se lo desenredó con cuidado. La tenía áspero a causa de la sal marina. Habría dado cualquier cosa por tomar un baño, un auténtico baño con agua y jabón, pero no se atrevía. No con el «bueno de Minho» a bordo.
            Se había lavado los dientes y parte del cuerpo con el agua de la botella. También había lavado los boxers y los había tendido en la barra de la ducha. Pensó que si no levantaba los brazos, nadie se daría cuenta de que no los llevaba. «Nadie» significaba «Minho».
            Además de ladrón, ese tipo podía ser también un asesino. Se preguntaba por qué no se sentía aterrorizado por ello. Quizá porque, aparte de magullarle las muñecas, no le había hecho ningún daño. Y pensó que si no lo había matado después de que él lo amenazara con la pistola de bengalas y prendiese fuego al cuadro de mandos, a estas alturas ya no lo haría.
            A pesar de todo, le tenia un poco de miedo. Incluso con la cara llena de heridas y el cuerpo destrozado, Minho era más fuerte que él. Se sentía un poco más seguro con el cuchillo de pescado.
            Pero, más importante que el miedo que tenía, era la rabia y la impotencia que iba creciendo por dentro. Ahora que lo pensaba, «rabia» era una palabra demasiado suave para definir lo que sentía con respecto a él y a la situación en que él lo había metido. No importaba que, probablemente, él no hubiera tenido la menor intención de mezclarlo en sus problemas. De cualquier forma lo había hecho y ahora él se encontraba allí frente a la posibilidad real de que él y Baby murieran en medio del Atlántico. La conversación que habían mantenido por la mañana había sumado la preocupación de morir por hambre o deshidratación la de parecer a manos de esos señores de la droga que habían apaleado a Minho.
            En esos momentos se preguntaba si utilizar el espejo de señales serviría para salvar la vida o para sufrir un destino peor que morir de hambre. Aun así, fuera como fuese, tenía que intentarlo. No cabía duda de que los Thatch habrían denunciado la desaparición del barco, y seguro que alguien se habría dado cuenta de que él también había desaparecido. Debían de estar buscándolo en esos momentos.
Por lo tanto debía arriesgarse y atraer a alguien, ya fuera un señor de la droga o un guardacostas. Haría señales hasta que alguien lo sacara de ese maldito yate.
            Key registró el camarote en busca de crema de protección solar y la encontró en el baño. Se embadurnó por todo el cuerpo, y se aplicó una doble capa en el cuello y la cara. Luego buscó unas sandalias, ya que la noche anterior, en algún momento, había perdido las suyas. Sólo encontró un par de zapatillas de lona que no decidió ponerse.
            Con la cabeza ladeada, estudió su imagen en el espejo de las puertas del baño. Además de ser  horroroso, ese traje debía de pertenecer a Denise Thatch, un hombre doce centímetros más bajo que él y que pesaba trece kilos más.
El short le venia grande a la altura de las caderas, y la camisa le apretaba.
Los botones se le habrían por el pecho y el short apenas si le podía cubrir una parte una de las nalgas incluso con los brazos bajados. Pero lo más inquietante era el manojo de fresas estratégicamente estampadas sobre la entrepierna, como una gran hoja de parra.
            De repente, oyó que, fuera, Baby se ponía a ladrar histéricamente y el corazón le dio un vuelco. Cogió los prismáticos y el espejo y salió del camarote.
            No fue hasta que llegó a la cubierta de popa, ante el interminable océano azul, que se dio cuenta de que había corrido con la esperanza de ver a la guardia costera aproximarse a toda velocidad. Esa esperanza se le marchitó en el pecho y le cayó al fondo del estómago.
            Baby, a popa, tenía la mirada clavada en la plataforma de baño. Soltaba ladridos tan fuertes que lo levantaban del suelo. Key se acercó al banco y miró hacia abajo. Ante él se habría una magnifica vista de Minho totalmente desnudo. Era obvio que no tenía ningún pudor ni el menos reparo de bañarse delante de él.
            Minho lanzó un cubo atado a un cabo al mar, lo sacó y se echó el contenido por encima de la cabeza. El agua le recorrió por el cabello negro y le salpicó los anchos hombros, se deslizó por encima de los bien definidos músculos dorsales y por la columna. Las gotas le resbalaron por las nalgas y por la parte trasera de los muslos hasta los pies. Minho sacudió la cabeza, rociando agua en todas direcciones.
            Key dio la vuelta, sintiéndose un poco culpable de haber mirado.
Solo Dios sabe cómo se ganaba la vida ese tipo y qué pecados había cometido, pero era innegable que tenía un cuerpo de los que parecían en las revistas de deportes, o en los calendarios de desnudos.
            Incluso con la cara llena de moratones y con su evidente propensión al crimen, era el tipo de hombre que lograba que las personas sacaran pecho e hicieran caso omiso al peligro, como unos nudillos peludos o unos tatuajes carceleros.
            Key, que no era tonto ni débil, tampoco se sentía atraído por hombres que lo retenían contra su voluntad y amenazaban a su perro. Echó un último vistazo por encima del hombro a tiempo de ver a Minho enjabonándose los sobacos. No tenía ningún tatuaje, pero Key no podía menos que admitir que tenía un culo estupendo. Para ser un criminal.
Se sentó en el banco y dirigió su atención a los restos quemados del puente de mando. Durante la conversación que habían mantenido antes, Key no había podido evitar fijarse en la firmeza de su pecho y sus brazos.
Era difícil no apreciar esos músculos a pesar de que estuvieran cubiertos de moratones y de un muy corto vello negro. Key había trabajado muchos años con modelos masculinos, y sabía que un cuerpo como ése sólo se conseguía con mucho trabajo y dedicación.
            Cuando se quedó ronco de tanto ladrar, Baby tiró la toalla y saltó al regazo de Key. Él le ajusto el collar y lo acaricio. ¡Había sido tan buen chico durante toda esa pesadilla! Cuando los rescataran, lo llevaría a su lugar favorito, el balneario canino, para que lo mimaran y lo hicieran sentir como un gran danés. Cuando llegaran a casa, él también se mimaría. Una mascarilla corporal de hierbas y un buen masaje muscular le vendrían de perlas.
            Con los prismáticos y el espejo en una mano, y con el perro en la otra, subió las escaleras hasta el puente de mando en busaca de sus sandalias. Encontró una en el rincón y la mitad de la otra al lado del cuadro de mandos, pero el talón estaba roto, y la punta quemada. Las dejó estaban y se llevó los gemelos a los ojos.
            No vio más que el cielo azul y el agua azul. Estuvo tanto tiempo mirando por los prismáticos que Baby lo dejó. Se enjugo con la mano el sudor que le bajaba por las sienes y por el cuello. Odiaba la sensación de sudar, y además sospechaba que debía oler mal. Ni una cosa ni otra mejoraban su humor mientras escrutaba el infinito en busca de un indicio de tierra o de una embarcación. No veía nada y al cabo de un rato no sabía dónde terminaba el cielo y donde empezaba el océano.
            Key era un hombre de acción y no estaba acostumbrado a quedarse quieto mirando el horizonte a la espera de que sucediera algo. A pesar de ello, no le quedaba otra alternativa. Se sentía inquieto, nervioso, pero no tenía nada más que hacer, así que se quedó en el puente con sus prismáticos y su espejo.
            No hacia ni veinticuatro horas que lo habían secuestrado. Debía tener paciencia y fe. El problema era que Key no era una persona muy paciente y sólo tenía fe en sus propios recursos. Por supuesto, hubo momentos en su vida que le hubiera gustado contar con un hombro en el cual apoyarse, momentos en que habría sido maravilloso poder descargar sus problemas sobre las espaldas de un hombre capaz de ocuparse de todo. Pero Key no había encontrado a ese hombre y, en cualquier caso, seguramente no se habría dejado cuidar por él.
            Key no sabía cuanto tiempo llevaba en el puente, pero cuando el cuerpo empezó a dolerle y el estómago a quejarse, abandono su puesto.
            Encontró a Minho en la cubierta de popa, sentado, con una caña de pescar sujeta al brazo de la silla y una cerveza en la mano. Parecía un hombre relajado, cuya ocupación más importante fuese dar cuenta de su cerveza.
Su camiseta y sus tejanos estaban tendidos en la parte trasera del barco junto a unos calzoncillos largos de algodón, de un color gris marengo. Key no quería fijarse en qué llevaba puesto, o qué no llevaba puesto, pues temía ver algo más que una caña de pescar. A pesar de eso, se fijó.
Llevaba unos pantalones cortos de nailon de cintura elástica ceñidos justo por debajo del ombligo. Se había vuelto a colocar el vendaje alrededor de las costillas y el amplio pecho. Extrajo un trozo de salmón ahumado de la lata que sostenía sobre el muslo, lo colocó encima de una galletita salada y se lo llevó a la boca. Luego metió los dedos en la lata y sacó un pequeño trozo de pescado para dárselo al perrito, que estaba sentado al lado de su pie izquierdo.
            Baby abrió las fauces y lo engullo in masticar. Si Minho creía que podía ganarse el corazón del perro a través del estómago, estaba en lo cierto, aunque solo daba hasta cierto punto. Baby era esclavo de su apetito por los bocados prohibidos pero, por encima de eso, era prisionero de su complejo de Napoleón. Unos trocitos de salmón ahumado no lo desviarían de su misión de derrotar a perros mayores que él.
            —Creía que odiabas a mi perro.
            Minho se llevó la cerveza a los labios y bebió un largo trago.
            —Así es —contestó, sin mirarlo—. Solo lo estoy cebando un poco por si más adelante necesito comérmelo.
            Key no supo si lo decía en broma.
            —Vamos, Baby —Y con un gesto, indico al perro que la siguiera al interior del barco, pero Baby se negó a obedecer y prefirió quedarse con el hombre que estaba alimentándolo.
            Sintiéndose ligeramente traicionado, Key fue a comprobar si sus boxers se habían secado. Estaban sólo un poco húmedos en la zona del elástico, de modo que se los puso. Escudriño la cocina en busca de algo para comer porque, aunque no tenía reloj, supuso que era la hora de la comida.
En la nevera encontró un poco de queso Brie, así como un plátano y unas cuantas uvas. Ya que Baby había optado por quedarse en cubierta, Key tenía que salir también y asegurarse de que no comiese demasiado salmón y se pusiera enfermo. 
            Se sentó entre los pantalones húmedos y la camiseta de Minho. Necesitaba un cuchillo para cortar el Brie y, de repente, como si Minho le hubiese leído el pensamiento, le alargó el cuchillo de pescado metido en la funda.
            —Te dejas esto por todos lados —le dijo.
            Key abrió la boca para darle las gracias, pero se contuvo. No necesitaría un cuchillo para nada si no fuera por él. Cortó un trozo de queso y se lo comió acompañado de dos uvas. Minho le acercó una caja de galletas y Key eligió unas de centeno.
            —Por favor, no le des más pescado a Baby. Se va a poner enfermo.
            Minho no contestó, pero se comió el resto del salmón él solo. No le ofreció ni una loncha a Key, lo cual le pareció bastante desconsiderado, aunque no esperaba la más mínima muestra de cortesía por parte de Minho. Peló el plátano y dirigió la vista al océano, para mirar a cualquier parte excepto a él. Detestaba tener que reconocerlo, pero ese hombre lo ponía nervioso, con su cara magullada y sus poderosos músculos. Mientras daba un mordisco al plátano, se fijó en su cepillo de dientes, que sobresalía de un soporte para caña de pescar, a popa. 
            —¿Qué hace mi cepillo de dientes ahí?
            —Lo he utilizado.
            Entonces lo miró directamente a la cara magullada, a los ojos cafés. Tragó el plátano.
            —¿Para qué? —le preguntó.
            —Para lavarme los dientes
            —Dime que es una broma.
            —No        
            —¿Has robado mi cepillo de dientes?
            Minho negó con la cabeza.
            —Lo he requisado.
            —¡Qué asco!
            —Lo he empapado en ron para matar los gérmenes.
            —¿Qué gérmenes? —Key, boquiabierto, se  quedó mirándole, observando la ligera hinchazón bajo el ojo izquierdo, el pómulo ennegrecido y la venda fría sobre la frente—. Eso es absolutamente asqueroso… y… y… —-Mientras tartamudeaba, se levantó, con el cuchillo en una mano y el plátano en la otra. El queso cayó al suelo y Baby se abalanzó sobre él. Key no le hizo caso—. ¡Y vomitivo!
            Minho dirigió la mirada al cuchillo que empuñaba.
            —Bueno, tampoco me he cepillado el culo con él.
            —¡Como si no lo hubiese hecho!
            —¿Por qué te pones así? —Él también se levantó y señaló el cepillo con la botella—: lo coloqué ahí para que se esterilizara con el sol.
            Key no podía creer que hablara en serio.
            —Me raptas, me retienes en medio del Atlántico, utilizas mi cepillo de dientes ¡y me preguntas por qué me pongo así! ¿Qué te pasa? ¿Te comías las pintura de las paredes cuando eras niño o qué?
            Minho no contestó es pregunta.
            —Date un respiro —le aconsejó—. No te he raptado, y fuiste tú quien nos dejó inmovilizados en alta mar.
            Pero Key no estaba de humor para asumir ningún tipo de culpa.
            —¿Qué harás ahora? ¿Me robaras la ropa interior?
            Minho paseó la mirada por la parte delantera del trajecito, por encima de su abdomen. Tomó un trago de cerveza mientras contemplaba las cerezas estampadas en la zona de la entrepierna.
            —No lo sé —dijo, despacio—. ¿La tienes todavía tendida en el baño, o voy a tener que arrancártela?
            —No, ya no está tendida en el baño —le infirmó Key, apretando los labios.
            Minho lo miró a la cara y sonrió, enseñando los dientes blancos, bien alineados y recién cepillados.
            —Bueno, puedes quedarte con ella. El rosa no es mi color favorito.
            Ahora, al darse cuenta de que él posiblemente había tocado su ropa interior, Key encontró la respuesta a aquello que se preguntaba la noche anterior: no, no era capaz de cortar el cuello a ningún hombre. Porque, de lo contrario, habría matado al «bueno de Minho». Gustosamente.
            —No sé por qué te pones tan rígido. Tampoco voy a contagiarte nada.
            —¿Qué? ¿Se supone que tengo que fiarme de tu palabra? —Key dio un paso atrás y lo miro arriba abajo—. Ni siquiera sé quién eres.
            —Ya te dije ayer por la noche quién soy.
            Una gota de sudor le resbaló a Key por el cuello. Se la secó con un gesto del hombro. Le dolía la cabeza, le picaban los ojos y necesitaba un baño. Se sentía tan mal que no podía tenerse en pie. Lo único que quería era meterse en una cama limpia y dormir hasta que esa pesadilla terminara.
            —Ya sé que lo dijiste, pero no puedes probarlo.
            —Eso es cierto. Tendrás que confiar en mi palabra.
            —Estupendo. —Key enfundó con cuidado el cuchillo mientras intentaba desesperadamente controlar sus emociones y no prorrumpir en un llanto histérico delante de él—. Se supone que tengo que confiar en la palabra de un tipo que ha robado un objeto de mi propiedad y que ha amenazado con comerse a mi perro.
            Minho se encogió de hombros:
            —No tienes otra opción.
            —Yo siempre tengo otra opción, y mi opción es no creer ninguna palabra que salga de tu boca.
            —Como quieras, pero no es conveniente para ti que discutas conmigo por algo tan trivial como un cepillo de dientes.
            —No te rías de mí.
            —¿Y qué vas a hacer? ¿Agujerearme el pecho con el dedo?
            —Quizá te de un puñetazo en el ojo bueno y te lo deje a juego con el otro. —La sola idea le habría arrancado una sonrisa de no haber estado tan enfadado en ese momento.
            Minho le agarró la mano y apartó el dedo de su pecho.
            —Lo más probable es que no te permitiría ni intentarlo. —Intentó soltarse, pero Minho aumentó la presión de la mano, grande y cálida—. No si lo veo venir.
            —Puedo esperar a que te duermas.
            —Puedes, pero no te recomiendo que te acerques a mí cuando esté en la cama.
Él intentó liberarse de nuevo, pero en lugar de soltarlo, Minho avanzó un paso, reduciendo la distancia entre ambos.
—¿Y si lo intento qué? ¿Me ataras de nuevo o algo así?
Minho bajó la mirada hacia su mano, que todavía sujetaba la de Key y era lo único que separaba sus lindos pezones que se marcaban a través de la tela del pecho de Minho.
—Algo así —dijo en voz muy baja y levantó la vista hasta los labios sus labios—. Seguro que se me ocurre algo. Algo un poco más divertido que un ojo a la funerala.
De repente, Key reconoció una textura áspera en su voz. Un destello de deseo en los ojos cafés. Había percibido eso muchas veces en su vida. Pero ahora no sintió la más mínima chispa interior, ni el menor interés; ni siquiera sintió repugnancia, lo cual no lo sorprendió dado que la ira la llenaba por completo.
—No te exprimas el cerebro —le replicó al tiempo que conseguía soltarse de él y retroceder unos pasos—. Nunca seré un voluntario en tus perversas fantasías.



La luz de la cocina caía sobre la cabeza de Minho mientras éste estudiaba un mapa que había desplegado encima de la mesa. Había encendido uno de los generadores al ponerse el sol y se había vestido con su ropa seca, tiesa a causa de la sal del mar. Había puesto una cinta de Jimmy Buffet en el equipo, y la canción Cheeseburger in Paradise competía con el zumbido de la nevera. No le preocupaba mucho que el Dora Mate resultase más fácil de localizar ahora que tenía las luces encendidas. No los encontrarían tan fácilmente de todas maneras, pues no emitirían ningún tipo de señal que llamase la atención.
Marcó su posición aproximada en el mapa, que había calculado observando las estrellas y valiéndose de una brújula que había encontrado en el camarote. Estaba seguro de que se hallaban entre la isla Andros y la de Binini. Lo que no sabía era a qué distancia. Iba a la deriva, arrastrados por una cálida corriente del noroeste, pero había empezado a soplar un viento sureste. No creía que la velocidad del barco superara los dos nudos, fuera cual fuese la dirección.
Los golpecitos de unas uñas contra el suelo atrajeron su atención de Minho hacia la puerta. Baby Doll Kim entró en la cocina y saltó al banco y de ahí a la mesa; irguió las cejas y fijó la mirada en Minho.
—Oh, no, otra vez no —rezongó Minho.
Se levantó de la mesa, saco una cerveza de la nevera, la segunda en todo el día, y la alzó en un silencioso saludo. Los Thatch no sólo le habían proporcionado  un barco sino que lo habían aprovisionado de buena cerveza. En la cocina había canapés y bebida para un mes.
Por suerte, encontró provisiones más sustanciosas en la despensa. Estaba repleta de zumo de tomate, aceitunas verdes y vermut. Si hubiese sido un buen bebedor, habría podido pasar varias semanas borracho con el alcohol que había ahí almacenado. En uno de los estantes inferiores encontró arroz blanco y unas latas de peras.
Se acordó de Key, de su mano, aprisionada en la de él, y de sus pezones marcados. Destapó la cerveza y durante medio segundo consideró la posibilidad de emborracharse por completo; la idea de evadirse de todo por medio de la bebida lo sedujo por un momento. Pero Minho ya conocía esa forma de afrontar la realidad. La había visto en su padre y se prometió a sí mismo que nunca recurriría a eso. Él era fuerte y podía evitarlo. Más fuerte que la bebida y más fuerte que su padre. Nunca permitiría que nada lo dominase como el ron había dominado a Choi Yun-kyum.
El minúsculo perro que había encima de la mesa soltó un ladrido y Minho lo miró.
—¿Dónde está tu dueña? —le preguntó Minho en voz alta, aunque tenía una ligera idea de dónde se encontraba: la había visto sacar una tumbona de un armario y llevarla al puente.
Minho bebió un trago de Dos Equis y se dirigió hacia fuera. Key no le había dirigido la palabra desde su discusión sobre el cepillo de dientes. Quizá debería haberle pedido permiso antes de cogerlo, pero pensó que se lo habría denegado y que él lo habría utilizado igualmente. Por eso le había parecido inútil y todavía se lo parecía. Además, tal como le había dicho, no iba a contagiarle nada. Dios sabía que su revisión física anual incluía todas las pruebas conocidas por la comunidad médica, pero herviría el maldito cepillo si eso lo hacía sentirse mejor.
Descalzo, subió las escaleras hasta el puente, se acercó un poco y lo miró, envuelto en las sombras de la noche. Las luces de babor y estribor todavía funcionaban, y su brillo reflejaba el cabello de Key. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. El pecho le subía y le bajaba a ritmo lento, pero los botones de su camisa parecían a punto de saltar. Tenía una mano sobre el vientre, mientras que la otra colgaba de un lado de la silla con el espejo todavía entre los dedos. La manta que utilizaba para cubrirse se encontraba arrebujada entre sus piernas y Minho la utilizo para tapárselas con ella. Luego recogio los prismáticos del suelo. Observo el horizonte con ellos, buscando alguna boya o algún signo que indicara la proximidad de la costa. No vio más que el reflejo de la luna en la negra superficie del mar y la ligera espuma de las olas.
La posibilidad de que lo arrestaran por robo y secuestro cuando los rescatasen era real. Por lo menos lo detendrían. Pero eso no le preocupaba en absoluto: con una llamada telefónica haría desaparecer todos los cargos.
Lo único que le preocupaba de verdad era el hecho de encontrarse en medio del Atlántico desprovisto de sus herramientas letales, sobre todo de su 9 mm con munición subsónica y su cuchillo de asalto K-Bar. Sin ellos se sentía desnudo y a merced de cualquier barco que se cruzara con ellos. Minho no se fiaba de nadie ni de nada, y mucho menos de los desconocidos.
Echó un vistazo a Key y al cuchillo de pescado, que se había deslizada desde su mano hasta el suelo. Como guerrero era pésimo. Dormía tranquilamente mientras él invadía su espacio, y ni siquiera estaba pendiente de su arma. Recogió el cuchillo del suelo y se lo coloco en el cinturón.
La luz de la Luna acariciaba la mejilla y labio superior de Key. No cabía duda de que era un hombre hermoso. Era la clase de hombre con la que varias personas fantaseaban.
«Nunca seré voluntario en tus perversas fantasías», le había dicho, como si le hubiera leído el pensamiento. ¿Perversas? Sus fantasías no eran perversas. Bueno, no tanto como las de algunos tipos que conocía.
Aunque Minho no era el tipo de hombre que se compraba calendarios de desnudos, habría tenido que ser de otro planeta para no saber quién era Key, para no haberlo visto en calendarios, anuncios, vallas publicitarias y portadas de revistas. Estaría muerto de la cintura para abajo si no hubiese imaginado como sería acostarse con él, sentir su sudor y su pelo revuelto, probar su sabor.
Recordó la primera vez que vio una fotografía de Key. Fue en Times Square, hacia a más o menos unos ocho años. Esperaba un taxi en medio del Hiatt cuando miró hacia arriba y ahí estaba él, con la melena rubia hacia atrás, los ojos provocadores, como si estuviera mirando a su amante, y el exuberante cuerpo cubierto solamente con unos calzoncillos.
De color blanco. Su preferido.
Ese día en que lo vio por primera vez se preguntó quién seria. Al igual que todos los hombre que lo miraban, se lo imagino desnudo y, consciente de que nunca tendría la oportunidad de estar con un chico como ese, se dijo que seguramente serpia un polvo horroroso. Se le veía demasiado flaco y preocupado por su maquillaje. Seguramente era de esos chicos que esperaban que su hombre hiciera todo el trabajo, y menos aún con ese tipo de trabajo.
Al observarlo ahora, decidió que no era tan delgado. De hecho, era la clase de chico que le gustaba: de pezones rosados y con un trasero justo para abarcarlo con sus grandes manos. Le gustaba sentir el cuerpo suave y sinuoso de un chico contra el suyo. Le molestaba notar los huesos. No quería tener la sensación de que en cualquier momento se podía romper.
Miró los labios entreabiertos y, de pronto, pensó en besar a Key Kim. Ahora no llevaba pomada, y Minho se preguntó cómo sería fundirse lentamente con él en un beso y saborear sus labios. Sentir sus dudas, sus vacilantes intentos por detenerlo, justo antes del suspiro: el «ahhh» que la daría a entender que él también lo deseaba, el momento en que se rendiría ente su boca, a él, a Choi Minho. El chico de Choi Yun-kyum. El chico de cara sucia de quien su padre se olvidaba cuando se entregaba a una botella de ron, cosa que sucedía la mayor parte del tiempo.  
Minho no estaba forrado de dinero, no era un actor famoso ni una estrella de rock, no era el tipo de hombre que las personas como Key Kim buscaban, pero eso no le impidió preguntarse cómo sería tocar a un chico como él, sentir sus pezones blandos apretados contra su pecho mientras hundía los dedos en su fragante cabellera.
Minho se llenó los pulmones de aire frio y salado y lo espiró espacio. Todas esas fantasías lo estaban conduciendo a un lugar del que más valía mantenerse alejado. Un lugar que provocaba tal reacción en su cuerpo magullado que le exigía hiciese algo al respecto. Un lugar donde la sangre escocía y le causaba una dolorosa quemazón en las ingles.  Un lugar donde nunca iría con una persona como Key. A un lugar donde Kim nunca iría con un hombre como él. Minho no era rico, ni famoso, ni un modelo de rostro angelical. Un chico como ése no aguantaría a un hombre que desaparecía por días y semanas y que nunca le diría cuando volvería no donde había estado.
Minho dio media vuelta y se alejó del puente, era mejor para ambos no pensara en él en absoluto. Se sentó en la misma silla que antes, estiró el brazo para coger la caña de pescar y lanzó el anzuelo. Se concentró en le sedal para evitar el recuerdo del modelo de ropa interior que dormía en el puente.
Supuso que quizá picaría algún pez si tuviera idea de que estaba haciendo. Durante los últimos años había ido a pescar algunas veces a un lago o arroyo, pero nunca había sido un auténtico pescador. En realidad, había practicado la «pesca» principalmente el patio de la vieja casa que su padre y él habían alquilado en Galveston.
Ahora que lo pensaba, debía de contar con unos siete años cuando el viejo le compró aquella caña de metro ochenta con un carrete Zebco. Todavía la tenía escondida en un armario.  Era una de la pocas pertenencias que conservaba de la infancia.
Incluso ahora sentía claramente el peso de esa caña y ese carrete en sus manos. Su padre, que se encontraba en la furgoneta en ese momento, le ató un plomo al extremo del sedal y le mostró como lanzarlo los dos permanecieron allí hasta el anochecer, el uno al lado del otro, lanzando el plomo sobre la hierba y charlando de los peces que pescarían algún día. Minho todavía recordaba el tacto de las manos de su padre y el sonido de su voz.
Por desgracia, el hombre pasaba la mayor parte de su tiempo fuera con la furgoneta y nunca pudo llevar a Minho a pescar, lo que no impidió que Minho siguiese practicando y esperando. En unos cuanto años se convirtió en un excelente lanzador. Lanzando por arriba, de lado y por debajo, podía acertar cualquier blanco que se fijara. Siempre supuso que esa práctica había resultado útil y le había permitido dominar sin esfuerzo el tiro con rifle.
Cambio de postura y las costillas le dolieron sólo un poco menos que cuando andaba o estaba de pie. Solo había experimentado un alivio total del dolor que sentía en el costado durante las pocas horas que había tendido boca arriba la noche anterior. Aunque no le habría venido mal dormir unas cuantas horas más, no podría darse ese lujo esa noche. En esos momentos cualquiera podía pillarle desprevenido.
Sin embargo, como no había dormido bien en dos días, cayó en un sueño profundo una hora antes de que el sol se levantara sobre el horizonte.

1 comentario:

  1. Woow esta muy buena la historia! Espero que actualices pronto y no la dejes estancada hay, me encanta el minkey! En una de mis couples favoritas y de la cual nunca me canso! ¿habra mpreg? Espero que si!<3

    Gracias espero actu!

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