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Vestido solamente con su camisa a
tirantes, Key asomó la cabeza a la puerta del baño y miró alrededor. Dirigió la
vista desde la puerta cerrada del camarote hasta el traje azul que se
encontraba encima de la cama del camarote. Se había olvidado de llevarse la
ropa al baño. Echó un vistazo al ojo de buey y, al no ver ningún par de ojos
cafés que le devolvieran la mirada, corrió a un lado de la cama y rápidamente
paso las piernas por el short del traje. Parecía que alguien lo hubiera
manchado en un puesto de frutas, o con ensalada de ambrosía, ese mejunje que su
abuela llevaba a las familias que tenían algún ser querido que acababa de
«pasar a mejor vida».
Se abrocho el short y puso la camisa a
juego, cuando terminó, sacó de la mochila el cepillo para el pelo. Se lo
desenredó con cuidado. La tenía áspero a causa de la sal marina. Habría dado
cualquier cosa por tomar un baño, un auténtico baño con agua y jabón, pero no
se atrevía. No con el «bueno de Minho» a bordo.
Se
había lavado los dientes y parte del cuerpo con el agua de la botella. También
había lavado los boxers y los había tendido en la barra de la ducha. Pensó que
si no levantaba los brazos, nadie se daría cuenta de que no los llevaba.
«Nadie» significaba «Minho».
Además
de ladrón, ese tipo podía ser también un asesino. Se preguntaba por qué no se
sentía aterrorizado por ello. Quizá porque, aparte de magullarle las muñecas,
no le había hecho ningún daño. Y pensó que si no lo había matado después de que
él lo amenazara con la pistola de bengalas y prendiese fuego al cuadro de
mandos, a estas alturas ya no lo haría.
A
pesar de todo, le tenia un poco de miedo. Incluso con la cara llena de heridas
y el cuerpo destrozado, Minho era más fuerte que él. Se sentía un poco más
seguro con el cuchillo de pescado.
Pero,
más importante que el miedo que tenía, era la rabia y la impotencia que iba
creciendo por dentro. Ahora que lo pensaba, «rabia» era una palabra demasiado
suave para definir lo que sentía con respecto a él y a la situación en que él
lo había metido. No importaba que, probablemente, él no hubiera tenido la menor
intención de mezclarlo en sus problemas. De cualquier forma lo había hecho y
ahora él se encontraba allí frente a la posibilidad real de que él y Baby
murieran en medio del Atlántico. La conversación que habían mantenido por la
mañana había sumado la preocupación de morir por hambre o deshidratación la de
parecer a manos de esos señores de la droga que habían apaleado a Minho.
En
esos momentos se preguntaba si utilizar el espejo de señales serviría para
salvar la vida o para sufrir un destino peor que morir de hambre. Aun así,
fuera como fuese, tenía que intentarlo. No cabía duda de que los Thatch habrían
denunciado la desaparición del barco, y seguro que alguien se habría dado
cuenta de que él también había desaparecido. Debían de estar buscándolo en esos
momentos.
Por lo tanto debía arriesgarse y atraer a
alguien, ya fuera un señor de la droga o un guardacostas. Haría señales hasta
que alguien lo sacara de ese maldito yate.
Key
registró el camarote en busca de crema de protección solar y la encontró en el
baño. Se embadurnó por todo el cuerpo, y se aplicó una doble capa en el cuello
y la cara. Luego buscó unas sandalias, ya que la noche anterior, en algún
momento, había perdido las suyas. Sólo encontró un par de zapatillas de lona
que no decidió ponerse.
Con
la cabeza ladeada, estudió su imagen en el espejo de las puertas del baño.
Además de ser horroroso, ese traje debía
de pertenecer a Denise Thatch, un hombre doce centímetros más bajo que él y que
pesaba trece kilos más.
El short le venia grande a la altura
de las caderas, y la camisa le apretaba.
Los botones se le habrían por el pecho y el
short apenas si le podía cubrir una parte una de las nalgas incluso con los
brazos bajados. Pero lo más inquietante era el manojo de fresas
estratégicamente estampadas sobre la entrepierna, como una gran hoja de parra.
De
repente, oyó que, fuera, Baby se ponía a ladrar histéricamente y el corazón le
dio un vuelco. Cogió los prismáticos y el espejo y salió del camarote.
No
fue hasta que llegó a la cubierta de popa, ante el interminable océano azul,
que se dio cuenta de que había corrido con la esperanza de ver a la guardia
costera aproximarse a toda velocidad. Esa esperanza se le marchitó en el pecho
y le cayó al fondo del estómago.
Baby,
a popa, tenía la mirada clavada en la plataforma de baño. Soltaba ladridos tan
fuertes que lo levantaban del suelo. Key se acercó al banco y miró hacia abajo.
Ante él se habría una magnifica vista de Minho totalmente desnudo. Era obvio
que no tenía ningún pudor ni el menos reparo de bañarse delante de él.
Minho
lanzó un cubo atado a un cabo al mar, lo sacó y se echó el contenido por encima
de la cabeza. El agua le recorrió por el cabello negro y le salpicó los anchos
hombros, se deslizó por encima de los bien definidos músculos dorsales y por la
columna. Las gotas le resbalaron por las nalgas y por la parte trasera de los
muslos hasta los pies. Minho sacudió la cabeza, rociando agua en todas
direcciones.
Key
dio la vuelta, sintiéndose un poco culpable de haber mirado.
Solo Dios sabe cómo se ganaba la vida ese tipo
y qué pecados había cometido, pero era innegable que tenía un cuerpo de los que
parecían en las revistas de deportes, o en los calendarios de desnudos.
Incluso
con la cara llena de moratones y con su evidente propensión al crimen, era el
tipo de hombre que lograba que las personas sacaran pecho e hicieran caso omiso
al peligro, como unos nudillos peludos o unos tatuajes carceleros.
Key,
que no era tonto ni débil, tampoco se sentía atraído por hombres que lo
retenían contra su voluntad y amenazaban a su perro. Echó un último vistazo por
encima del hombro a tiempo de ver a Minho enjabonándose los sobacos. No tenía
ningún tatuaje, pero Key no podía menos que admitir que tenía un culo
estupendo. Para ser un criminal.
Se sentó en el banco y dirigió su atención a
los restos quemados del puente de mando. Durante la conversación que habían
mantenido antes, Key no había podido evitar fijarse en la firmeza de su pecho y
sus brazos.
Era difícil no apreciar esos músculos a pesar
de que estuvieran cubiertos de moratones y de un muy corto vello negro. Key
había trabajado muchos años con modelos masculinos, y sabía que un cuerpo como
ése sólo se conseguía con mucho trabajo y dedicación.
Cuando
se quedó ronco de tanto ladrar, Baby tiró la toalla y saltó al regazo de Key.
Él le ajusto el collar y lo acaricio. ¡Había sido tan buen chico durante toda
esa pesadilla! Cuando los rescataran, lo llevaría a su lugar favorito, el
balneario canino, para que lo mimaran y lo hicieran sentir como un gran danés.
Cuando llegaran a casa, él también se mimaría. Una mascarilla corporal de
hierbas y un buen masaje muscular le vendrían de perlas.
Con
los prismáticos y el espejo en una mano, y con el perro en la otra, subió las
escaleras hasta el puente de mando en busaca de sus sandalias. Encontró una en
el rincón y la mitad de la otra al lado del cuadro de mandos, pero el talón
estaba roto, y la punta quemada. Las dejó estaban y se llevó los gemelos a los
ojos.
No
vio más que el cielo azul y el agua azul. Estuvo tanto tiempo mirando por los
prismáticos que Baby lo dejó. Se enjugo con la mano el sudor que le bajaba por
las sienes y por el cuello. Odiaba la sensación de sudar, y además sospechaba
que debía oler mal. Ni una cosa ni otra mejoraban su humor mientras escrutaba
el infinito en busca de un indicio de tierra o de una embarcación. No veía nada
y al cabo de un rato no sabía dónde terminaba el cielo y donde empezaba el
océano.
Key
era un hombre de acción y no estaba acostumbrado a quedarse quieto mirando el
horizonte a la espera de que sucediera algo. A pesar de ello, no le quedaba
otra alternativa. Se sentía inquieto, nervioso, pero no tenía nada más que
hacer, así que se quedó en el puente con sus prismáticos y su espejo.
No
hacia ni veinticuatro horas que lo habían secuestrado. Debía tener paciencia y
fe. El problema era que Key no era una persona muy paciente y sólo tenía fe en
sus propios recursos. Por supuesto, hubo momentos en su vida que le hubiera
gustado contar con un hombro en el cual apoyarse, momentos en que habría sido
maravilloso poder descargar sus problemas sobre las espaldas de un hombre capaz
de ocuparse de todo. Pero Key no había encontrado a ese hombre y, en cualquier
caso, seguramente no se habría dejado cuidar por él.
Key
no sabía cuanto tiempo llevaba en el puente, pero cuando el cuerpo empezó a
dolerle y el estómago a quejarse, abandono su puesto.
Encontró
a Minho en la cubierta de popa, sentado, con una caña de pescar sujeta al brazo
de la silla y una cerveza en la mano. Parecía un hombre relajado, cuya
ocupación más importante fuese dar cuenta de su cerveza.
Su camiseta y sus tejanos estaban tendidos en
la parte trasera del barco junto a unos calzoncillos largos de algodón, de un
color gris marengo. Key no quería fijarse en qué llevaba puesto, o qué no
llevaba puesto, pues temía ver algo más que una caña de pescar. A pesar de eso,
se fijó.
Llevaba unos pantalones cortos de nailon de
cintura elástica ceñidos justo por debajo del ombligo. Se había vuelto a
colocar el vendaje alrededor de las costillas y el amplio pecho. Extrajo un
trozo de salmón ahumado de la lata que sostenía sobre el muslo, lo colocó
encima de una galletita salada y se lo llevó a la boca. Luego metió los dedos
en la lata y sacó un pequeño trozo de pescado para dárselo al perrito, que
estaba sentado al lado de su pie izquierdo.
Baby
abrió las fauces y lo engullo in masticar. Si Minho creía que podía ganarse el
corazón del perro a través del estómago, estaba en lo cierto, aunque solo daba
hasta cierto punto. Baby era esclavo de su apetito por los bocados prohibidos
pero, por encima de eso, era prisionero de su complejo de Napoleón. Unos
trocitos de salmón ahumado no lo desviarían de su misión de derrotar a perros
mayores que él.
—Creía
que odiabas a mi perro.
Minho
se llevó la cerveza a los labios y bebió un largo trago.
—Así
es —contestó, sin mirarlo—. Solo lo estoy cebando un poco por si más adelante
necesito comérmelo.
Key
no supo si lo decía en broma.
—Vamos,
Baby —Y con un gesto, indico al perro que la siguiera al interior del barco,
pero Baby se negó a obedecer y prefirió quedarse con el hombre que estaba
alimentándolo.
Sintiéndose
ligeramente traicionado, Key fue a comprobar si sus boxers se habían secado.
Estaban sólo un poco húmedos en la zona del elástico, de modo que se los puso.
Escudriño la cocina en busca de algo para comer porque, aunque no tenía reloj,
supuso que era la hora de la comida.
En la nevera encontró un poco de queso Brie,
así como un plátano y unas cuantas uvas. Ya que Baby había optado por quedarse
en cubierta, Key tenía que salir también y asegurarse de que no comiese
demasiado salmón y se pusiera enfermo.
Se
sentó entre los pantalones húmedos y la camiseta de Minho. Necesitaba un
cuchillo para cortar el Brie y, de repente, como si Minho le hubiese leído el
pensamiento, le alargó el cuchillo de pescado metido en la funda.
—Te
dejas esto por todos lados —le dijo.
Key
abrió la boca para darle las gracias, pero se contuvo. No necesitaría un
cuchillo para nada si no fuera por él. Cortó un trozo de queso y se lo comió
acompañado de dos uvas. Minho le acercó una caja de galletas y Key eligió unas
de centeno.
—Por
favor, no le des más pescado a Baby. Se va a poner enfermo.
Minho
no contestó, pero se comió el resto del salmón él solo. No le ofreció ni una
loncha a Key, lo cual le pareció bastante desconsiderado, aunque no esperaba la
más mínima muestra de cortesía por parte de Minho. Peló el plátano y dirigió la
vista al océano, para mirar a cualquier parte excepto a él. Detestaba tener que
reconocerlo, pero ese hombre lo ponía nervioso, con su cara magullada y sus
poderosos músculos. Mientras daba un mordisco al plátano, se fijó en su cepillo
de dientes, que sobresalía de un soporte para caña de pescar, a popa.
—¿Qué
hace mi cepillo de dientes ahí?
—Lo
he utilizado.
Entonces
lo miró directamente a la cara magullada, a los ojos cafés. Tragó el plátano.
—¿Para
qué? —le preguntó.
—Para
lavarme los dientes
—Dime
que es una broma.
—No
—¿Has
robado mi cepillo de dientes?
Minho
negó con la cabeza.
—Lo
he requisado.
—¡Qué
asco!
—Lo
he empapado en ron para matar los gérmenes.
—¿Qué
gérmenes? —Key, boquiabierto, se quedó
mirándole, observando la ligera hinchazón bajo el ojo izquierdo, el pómulo
ennegrecido y la venda fría sobre la frente—. Eso es absolutamente asqueroso…
y… y… —-Mientras tartamudeaba, se levantó, con el cuchillo en una mano y el
plátano en la otra. El queso cayó al suelo y Baby se abalanzó sobre él. Key no
le hizo caso—. ¡Y vomitivo!
Minho
dirigió la mirada al cuchillo que empuñaba.
—Bueno,
tampoco me he cepillado el culo con él.
—¡Como
si no lo hubiese hecho!
—¿Por
qué te pones así? —Él también se levantó y señaló el cepillo con la botella—:
lo coloqué ahí para que se esterilizara con el sol.
Key
no podía creer que hablara en serio.
—Me
raptas, me retienes en medio del Atlántico, utilizas mi cepillo de dientes ¡y
me preguntas por qué me pongo así! ¿Qué te pasa? ¿Te comías las pintura de las
paredes cuando eras niño o qué?
Minho
no contestó es pregunta.
—Date
un respiro —le aconsejó—. No te he raptado, y fuiste tú quien nos dejó
inmovilizados en alta mar.
Pero
Key no estaba de humor para asumir ningún tipo de culpa.
—¿Qué
harás ahora? ¿Me robaras la ropa interior?
Minho
paseó la mirada por la parte delantera del trajecito, por encima de su abdomen.
Tomó un trago de cerveza mientras contemplaba las cerezas estampadas en la zona
de la entrepierna.
—No
lo sé —dijo, despacio—. ¿La tienes todavía tendida en el baño, o voy a tener
que arrancártela?
—No,
ya no está tendida en el baño —le infirmó Key, apretando los labios.
Minho
lo miró a la cara y sonrió, enseñando los dientes blancos, bien alineados y
recién cepillados.
—Bueno,
puedes quedarte con ella. El rosa no es mi color favorito.
Ahora,
al darse cuenta de que él posiblemente había tocado su ropa interior, Key
encontró la respuesta a aquello que se preguntaba la noche anterior: no, no era
capaz de cortar el cuello a ningún hombre. Porque, de lo contrario, habría
matado al «bueno de Minho». Gustosamente.
—No
sé por qué te pones tan rígido. Tampoco voy a contagiarte nada.
—¿Qué?
¿Se supone que tengo que fiarme de tu palabra? —Key dio un paso atrás y lo miro
arriba abajo—. Ni siquiera sé quién eres.
—Ya
te dije ayer por la noche quién soy.
Una
gota de sudor le resbaló a Key por el cuello. Se la secó con un gesto del
hombro. Le dolía la cabeza, le picaban los ojos y necesitaba un baño. Se sentía
tan mal que no podía tenerse en pie. Lo único que quería era meterse en una
cama limpia y dormir hasta que esa pesadilla terminara.
—Ya
sé que lo dijiste, pero no puedes probarlo.
—Eso
es cierto. Tendrás que confiar en mi palabra.
—Estupendo.
—Key enfundó con cuidado el cuchillo mientras intentaba desesperadamente
controlar sus emociones y no prorrumpir en un llanto histérico delante de él—.
Se supone que tengo que confiar en la palabra de un tipo que ha robado un
objeto de mi propiedad y que ha amenazado con comerse a mi perro.
Minho
se encogió de hombros:
—No
tienes otra opción.
—Yo
siempre tengo otra opción, y mi opción es no creer ninguna palabra que salga de
tu boca.
—Como
quieras, pero no es conveniente para ti que discutas conmigo por algo tan
trivial como un cepillo de dientes.
—No
te rías de mí.
—¿Y
qué vas a hacer? ¿Agujerearme el pecho con el dedo?
—Quizá
te de un puñetazo en el ojo bueno y te lo deje a juego con el otro. —La sola
idea le habría arrancado una sonrisa de no haber estado tan enfadado en ese
momento.
Minho
le agarró la mano y apartó el dedo de su pecho.
—Lo
más probable es que no te permitiría ni intentarlo. —Intentó soltarse, pero
Minho aumentó la presión de la mano, grande y cálida—. No si lo veo venir.
—Puedo
esperar a que te duermas.
—Puedes,
pero no te recomiendo que te acerques a mí cuando esté en la cama.
Él intentó liberarse de nuevo, pero en
lugar de soltarlo, Minho avanzó un paso, reduciendo la distancia entre ambos.
—¿Y si lo intento qué? ¿Me ataras de
nuevo o algo así?
Minho bajó la mirada hacia su mano,
que todavía sujetaba la de Key y era lo único que separaba sus lindos pezones
que se marcaban a través de la tela del pecho de Minho.
—Algo así —dijo en voz muy baja y
levantó la vista hasta los labios sus labios—. Seguro que se me ocurre algo.
Algo un poco más divertido que un ojo a la funerala.
De repente, Key reconoció una textura
áspera en su voz. Un destello de deseo en los ojos cafés. Había percibido eso
muchas veces en su vida. Pero ahora no sintió la más mínima chispa interior, ni
el menor interés; ni siquiera sintió repugnancia, lo cual no lo sorprendió dado
que la ira la llenaba por completo.
—No te exprimas el cerebro —le replicó
al tiempo que conseguía soltarse de él y retroceder unos pasos—. Nunca seré un
voluntario en tus perversas fantasías.
La luz de la cocina caía sobre la
cabeza de Minho mientras éste estudiaba un mapa que había desplegado encima de
la mesa. Había encendido uno de los generadores al ponerse el sol y se había
vestido con su ropa seca, tiesa a causa de la sal del mar. Había puesto una
cinta de Jimmy Buffet en el equipo, y la canción Cheeseburger in Paradise
competía con el zumbido de la nevera. No le preocupaba mucho que el Dora Mate
resultase más fácil de localizar ahora que tenía las luces encendidas. No los
encontrarían tan fácilmente de todas maneras, pues no emitirían ningún tipo de
señal que llamase la atención.
Marcó su posición aproximada en el
mapa, que había calculado observando las estrellas y valiéndose de una brújula
que había encontrado en el camarote. Estaba seguro de que se hallaban entre la
isla Andros y la de Binini. Lo que no sabía era a qué distancia. Iba a la
deriva, arrastrados por una cálida corriente del noroeste, pero había empezado
a soplar un viento sureste. No creía que la velocidad del barco superara los
dos nudos, fuera cual fuese la dirección.
Los golpecitos de unas uñas contra el
suelo atrajeron su atención de Minho hacia la puerta. Baby Doll Kim entró en la
cocina y saltó al banco y de ahí a la mesa; irguió las cejas y fijó la mirada
en Minho.
—Oh, no,
otra vez no —rezongó Minho.
Se levantó
de la mesa, saco una cerveza de la nevera, la segunda en todo el día, y la alzó
en un silencioso saludo. Los Thatch no sólo le habían proporcionado un barco sino que lo habían aprovisionado de
buena cerveza. En la cocina había canapés y bebida para un mes.
Por suerte,
encontró provisiones más sustanciosas en la despensa. Estaba repleta de zumo de
tomate, aceitunas verdes y vermut. Si hubiese sido un buen bebedor, habría
podido pasar varias semanas borracho con el alcohol que había ahí almacenado.
En uno de los estantes inferiores encontró arroz blanco y unas latas de peras.
Se acordó
de Key, de su mano, aprisionada en la de él, y de sus pezones marcados. Destapó
la cerveza y durante medio segundo consideró la posibilidad de emborracharse
por completo; la idea de evadirse de todo por medio de la bebida lo sedujo por
un momento. Pero Minho ya conocía esa forma de afrontar la realidad. La había
visto en su padre y se prometió a sí mismo que nunca recurriría a eso. Él era
fuerte y podía evitarlo. Más fuerte que la bebida y más fuerte que su padre.
Nunca permitiría que nada lo dominase como el ron había dominado a Choi
Yun-kyum.
El
minúsculo perro que había encima de la mesa soltó un ladrido y Minho lo miró.
—¿Dónde
está tu dueña? —le preguntó Minho en voz alta, aunque tenía una ligera idea de
dónde se encontraba: la había visto sacar una tumbona de un armario y llevarla
al puente.
Minho bebió
un trago de Dos Equis y se dirigió hacia fuera. Key no le había dirigido la
palabra desde su discusión sobre el cepillo de dientes. Quizá debería haberle
pedido permiso antes de cogerlo, pero pensó que se lo habría denegado y que él
lo habría utilizado igualmente. Por eso le había parecido inútil y todavía se
lo parecía. Además, tal como le había dicho, no iba a contagiarle nada. Dios
sabía que su revisión física anual incluía todas las pruebas conocidas por la
comunidad médica, pero herviría el maldito cepillo si eso lo hacía sentirse
mejor.
Descalzo, subió
las escaleras hasta el puente, se acercó un poco y lo miró, envuelto en las
sombras de la noche. Las luces de babor y estribor todavía funcionaban, y su
brillo reflejaba el cabello de Key. Tenía los ojos cerrados y la boca
entreabierta. El pecho le subía y le bajaba a ritmo lento, pero los botones de
su camisa parecían a punto de saltar. Tenía una mano sobre el vientre, mientras
que la otra colgaba de un lado de la silla con el espejo todavía entre los
dedos. La manta que utilizaba para cubrirse se encontraba arrebujada entre sus
piernas y Minho la utilizo para tapárselas con ella. Luego recogio los prismáticos
del suelo. Observo el horizonte con ellos, buscando alguna boya o algún signo
que indicara la proximidad de la costa. No vio más que el reflejo de la luna en
la negra superficie del mar y la ligera espuma de las olas.
La posibilidad
de que lo arrestaran por robo y secuestro cuando los rescatasen era real. Por lo
menos lo detendrían. Pero eso no le preocupaba en absoluto: con una llamada telefónica
haría desaparecer todos los cargos.
Lo único que
le preocupaba de verdad era el hecho de encontrarse en medio del Atlántico
desprovisto de sus herramientas letales, sobre todo de su 9 mm con munición subsónica
y su cuchillo de asalto K-Bar. Sin ellos se sentía desnudo y a merced de
cualquier barco que se cruzara con ellos. Minho no se fiaba de nadie ni de
nada, y mucho menos de los desconocidos.
Echó un
vistazo a Key y al cuchillo de pescado, que se había deslizada desde su mano
hasta el suelo. Como guerrero era pésimo. Dormía tranquilamente mientras él invadía
su espacio, y ni siquiera estaba pendiente de su arma. Recogió el cuchillo del
suelo y se lo coloco en el cinturón.
La luz de
la Luna acariciaba la mejilla y labio superior de Key. No cabía duda de que era
un hombre hermoso. Era la clase de hombre con la que varias personas
fantaseaban.
«Nunca seré
voluntario en tus perversas fantasías», le había dicho, como si le hubiera leído
el pensamiento. ¿Perversas? Sus fantasías no eran perversas. Bueno, no tanto
como las de algunos tipos que conocía.
Aunque Minho
no era el tipo de hombre que se compraba calendarios de desnudos, habría tenido
que ser de otro planeta para no saber quién era Key, para no haberlo visto en
calendarios, anuncios, vallas publicitarias y portadas de revistas. Estaría muerto
de la cintura para abajo si no hubiese imaginado como sería acostarse con él,
sentir su sudor y su pelo revuelto, probar su sabor.
Recordó la
primera vez que vio una fotografía de Key. Fue en Times Square, hacia a más o
menos unos ocho años. Esperaba un taxi en medio del Hiatt cuando miró hacia
arriba y ahí estaba él, con la melena rubia hacia atrás, los ojos provocadores,
como si estuviera mirando a su amante, y el exuberante cuerpo cubierto
solamente con unos calzoncillos.
De color
blanco. Su preferido.
Ese día en
que lo vio por primera vez se preguntó quién seria. Al igual que todos los
hombre que lo miraban, se lo imagino desnudo y, consciente de que nunca tendría
la oportunidad de estar con un chico como ese, se dijo que seguramente serpia
un polvo horroroso. Se le veía demasiado flaco y preocupado por su maquillaje. Seguramente
era de esos chicos que esperaban que su hombre hiciera todo el trabajo, y menos
aún con ese tipo de trabajo.
Al observarlo
ahora, decidió que no era tan delgado. De hecho, era la clase de chico que le
gustaba: de pezones rosados y con un trasero justo para abarcarlo con sus
grandes manos. Le gustaba sentir el cuerpo suave y sinuoso de un chico contra
el suyo. Le molestaba notar los huesos. No quería tener la sensación de que en
cualquier momento se podía romper.
Miró los
labios entreabiertos y, de pronto, pensó en besar a Key Kim. Ahora no llevaba
pomada, y Minho se preguntó cómo sería fundirse lentamente con él en un beso y
saborear sus labios. Sentir sus dudas, sus vacilantes intentos por detenerlo,
justo antes del suspiro: el «ahhh» que la daría a entender que él también lo
deseaba, el momento en que se rendiría ente su boca, a él, a Choi Minho. El chico
de Choi Yun-kyum. El chico de cara sucia de quien su padre se olvidaba cuando
se entregaba a una botella de ron, cosa que sucedía la mayor parte del tiempo.
Minho no
estaba forrado de dinero, no era un actor famoso ni una estrella de rock, no
era el tipo de hombre que las personas como Key Kim buscaban, pero eso no le impidió
preguntarse cómo sería tocar a un chico como él, sentir sus pezones blandos apretados
contra su pecho mientras hundía los dedos en su fragante cabellera.
Minho se llenó los pulmones de aire
frio y salado y lo espiró espacio. Todas esas fantasías lo estaban conduciendo
a un lugar del que más valía mantenerse alejado. Un lugar que provocaba tal reacción
en su cuerpo magullado que le exigía hiciese algo al respecto. Un lugar donde
la sangre escocía y le causaba una dolorosa quemazón en las ingles. Un lugar donde nunca iría con una persona como
Key. A un lugar donde Kim nunca iría con un hombre como él. Minho no era rico,
ni famoso, ni un modelo de rostro angelical. Un chico como ése no aguantaría a
un hombre que desaparecía por días y semanas y que nunca le diría cuando volvería
no donde había estado.
Minho dio media vuelta y se alejó del
puente, era mejor para ambos no pensara en él en absoluto. Se sentó en la misma
silla que antes, estiró el brazo para coger la caña de pescar y lanzó el
anzuelo. Se concentró en le sedal para evitar el recuerdo del modelo de ropa
interior que dormía en el puente.
Supuso que quizá picaría algún pez si tuviera
idea de que estaba haciendo. Durante los últimos años había ido a pescar
algunas veces a un lago o arroyo, pero nunca había sido un auténtico pescador. En
realidad, había practicado la «pesca» principalmente el patio de la vieja casa
que su padre y él habían alquilado en Galveston.
Ahora que lo pensaba, debía de contar
con unos siete años cuando el viejo le compró aquella caña de metro ochenta con
un carrete Zebco. Todavía la tenía escondida en un armario. Era una de la pocas pertenencias que conservaba
de la infancia.
Incluso ahora sentía claramente el
peso de esa caña y ese carrete en sus manos. Su padre, que se encontraba en la
furgoneta en ese momento, le ató un plomo al extremo del sedal y le mostró como
lanzarlo los dos permanecieron allí hasta el anochecer, el uno al lado del
otro, lanzando el plomo sobre la hierba y charlando de los peces que pescarían algún
día. Minho todavía recordaba el tacto de las manos de su padre y el sonido de
su voz.
Por desgracia, el hombre pasaba la
mayor parte de su tiempo fuera con la furgoneta y nunca pudo llevar a Minho a
pescar, lo que no impidió que Minho siguiese practicando y esperando. En unos
cuanto años se convirtió en un excelente lanzador. Lanzando por arriba, de lado
y por debajo, podía acertar cualquier blanco que se fijara. Siempre supuso que
esa práctica había resultado útil y le había permitido dominar sin esfuerzo el
tiro con rifle.
Cambio de postura y las costillas le dolieron
sólo un poco menos que cuando andaba o estaba de pie. Solo había experimentado
un alivio total del dolor que sentía en el costado durante las pocas horas que había
tendido boca arriba la noche anterior. Aunque no le habría venido mal dormir
unas cuantas horas más, no podría darse ese lujo esa noche. En esos momentos
cualquiera podía pillarle desprevenido.
Sin embargo, como no había dormido
bien en dos días, cayó en un sueño profundo una hora antes de que el sol se
levantara sobre el horizonte.
Woow esta muy buena la historia! Espero que actualices pronto y no la dejes estancada hay, me encanta el minkey! En una de mis couples favoritas y de la cual nunca me canso! ¿habra mpreg? Espero que si!<3
ResponderEliminarGracias espero actu!