sábado, octubre 25, 2014

Capítulo 3



3

Vestido solamente con su camisa a tirantes, Key asomó la cabeza a la puerta del baño y miró alrededor. Dirigió la vista desde la puerta cerrada del camarote hasta el traje azul que se encontraba encima de la cama del camarote. Se había olvidado de llevarse la ropa al baño. Echó un vistazo al ojo de buey y, al no ver ningún par de ojos cafés que le devolvieran la mirada, corrió a un lado de la cama y rápidamente paso las piernas por el short del traje. Parecía que alguien lo hubiera manchado en un puesto de frutas, o con ensalada de ambrosía, ese mejunje que su abuela llevaba a las familias que tenían algún ser querido que acababa de «pasar a mejor vida».
Se abrocho el short y puso la camisa a juego, cuando terminó, sacó de la mochila el cepillo para el pelo. Se lo desenredó con cuidado. La tenía áspero a causa de la sal marina. Habría dado cualquier cosa por tomar un baño, un auténtico baño con agua y jabón, pero no se atrevía. No con el «bueno de Minho» a bordo.
            Se había lavado los dientes y parte del cuerpo con el agua de la botella. También había lavado los boxers y los había tendido en la barra de la ducha. Pensó que si no levantaba los brazos, nadie se daría cuenta de que no los llevaba. «Nadie» significaba «Minho».
            Además de ladrón, ese tipo podía ser también un asesino. Se preguntaba por qué no se sentía aterrorizado por ello. Quizá porque, aparte de magullarle las muñecas, no le había hecho ningún daño. Y pensó que si no lo había matado después de que él lo amenazara con la pistola de bengalas y prendiese fuego al cuadro de mandos, a estas alturas ya no lo haría.
            A pesar de todo, le tenia un poco de miedo. Incluso con la cara llena de heridas y el cuerpo destrozado, Minho era más fuerte que él. Se sentía un poco más seguro con el cuchillo de pescado.
            Pero, más importante que el miedo que tenía, era la rabia y la impotencia que iba creciendo por dentro. Ahora que lo pensaba, «rabia» era una palabra demasiado suave para definir lo que sentía con respecto a él y a la situación en que él lo había metido. No importaba que, probablemente, él no hubiera tenido la menor intención de mezclarlo en sus problemas. De cualquier forma lo había hecho y ahora él se encontraba allí frente a la posibilidad real de que él y Baby murieran en medio del Atlántico. La conversación que habían mantenido por la mañana había sumado la preocupación de morir por hambre o deshidratación la de parecer a manos de esos señores de la droga que habían apaleado a Minho.
            En esos momentos se preguntaba si utilizar el espejo de señales serviría para salvar la vida o para sufrir un destino peor que morir de hambre. Aun así, fuera como fuese, tenía que intentarlo. No cabía duda de que los Thatch habrían denunciado la desaparición del barco, y seguro que alguien se habría dado cuenta de que él también había desaparecido. Debían de estar buscándolo en esos momentos.
Por lo tanto debía arriesgarse y atraer a alguien, ya fuera un señor de la droga o un guardacostas. Haría señales hasta que alguien lo sacara de ese maldito yate.
            Key registró el camarote en busca de crema de protección solar y la encontró en el baño. Se embadurnó por todo el cuerpo, y se aplicó una doble capa en el cuello y la cara. Luego buscó unas sandalias, ya que la noche anterior, en algún momento, había perdido las suyas. Sólo encontró un par de zapatillas de lona que no decidió ponerse.
            Con la cabeza ladeada, estudió su imagen en el espejo de las puertas del baño. Además de ser  horroroso, ese traje debía de pertenecer a Denise Thatch, un hombre doce centímetros más bajo que él y que pesaba trece kilos más.
El short le venia grande a la altura de las caderas, y la camisa le apretaba.
Los botones se le habrían por el pecho y el short apenas si le podía cubrir una parte una de las nalgas incluso con los brazos bajados. Pero lo más inquietante era el manojo de fresas estratégicamente estampadas sobre la entrepierna, como una gran hoja de parra.
            De repente, oyó que, fuera, Baby se ponía a ladrar histéricamente y el corazón le dio un vuelco. Cogió los prismáticos y el espejo y salió del camarote.
            No fue hasta que llegó a la cubierta de popa, ante el interminable océano azul, que se dio cuenta de que había corrido con la esperanza de ver a la guardia costera aproximarse a toda velocidad. Esa esperanza se le marchitó en el pecho y le cayó al fondo del estómago.
            Baby, a popa, tenía la mirada clavada en la plataforma de baño. Soltaba ladridos tan fuertes que lo levantaban del suelo. Key se acercó al banco y miró hacia abajo. Ante él se habría una magnifica vista de Minho totalmente desnudo. Era obvio que no tenía ningún pudor ni el menos reparo de bañarse delante de él.
            Minho lanzó un cubo atado a un cabo al mar, lo sacó y se echó el contenido por encima de la cabeza. El agua le recorrió por el cabello negro y le salpicó los anchos hombros, se deslizó por encima de los bien definidos músculos dorsales y por la columna. Las gotas le resbalaron por las nalgas y por la parte trasera de los muslos hasta los pies. Minho sacudió la cabeza, rociando agua en todas direcciones.
            Key dio la vuelta, sintiéndose un poco culpable de haber mirado.
Solo Dios sabe cómo se ganaba la vida ese tipo y qué pecados había cometido, pero era innegable que tenía un cuerpo de los que parecían en las revistas de deportes, o en los calendarios de desnudos.
            Incluso con la cara llena de moratones y con su evidente propensión al crimen, era el tipo de hombre que lograba que las personas sacaran pecho e hicieran caso omiso al peligro, como unos nudillos peludos o unos tatuajes carceleros.
            Key, que no era tonto ni débil, tampoco se sentía atraído por hombres que lo retenían contra su voluntad y amenazaban a su perro. Echó un último vistazo por encima del hombro a tiempo de ver a Minho enjabonándose los sobacos. No tenía ningún tatuaje, pero Key no podía menos que admitir que tenía un culo estupendo. Para ser un criminal.
Se sentó en el banco y dirigió su atención a los restos quemados del puente de mando. Durante la conversación que habían mantenido antes, Key no había podido evitar fijarse en la firmeza de su pecho y sus brazos.
Era difícil no apreciar esos músculos a pesar de que estuvieran cubiertos de moratones y de un muy corto vello negro. Key había trabajado muchos años con modelos masculinos, y sabía que un cuerpo como ése sólo se conseguía con mucho trabajo y dedicación.
            Cuando se quedó ronco de tanto ladrar, Baby tiró la toalla y saltó al regazo de Key. Él le ajusto el collar y lo acaricio. ¡Había sido tan buen chico durante toda esa pesadilla! Cuando los rescataran, lo llevaría a su lugar favorito, el balneario canino, para que lo mimaran y lo hicieran sentir como un gran danés. Cuando llegaran a casa, él también se mimaría. Una mascarilla corporal de hierbas y un buen masaje muscular le vendrían de perlas.
            Con los prismáticos y el espejo en una mano, y con el perro en la otra, subió las escaleras hasta el puente de mando en busaca de sus sandalias. Encontró una en el rincón y la mitad de la otra al lado del cuadro de mandos, pero el talón estaba roto, y la punta quemada. Las dejó estaban y se llevó los gemelos a los ojos.
            No vio más que el cielo azul y el agua azul. Estuvo tanto tiempo mirando por los prismáticos que Baby lo dejó. Se enjugo con la mano el sudor que le bajaba por las sienes y por el cuello. Odiaba la sensación de sudar, y además sospechaba que debía oler mal. Ni una cosa ni otra mejoraban su humor mientras escrutaba el infinito en busca de un indicio de tierra o de una embarcación. No veía nada y al cabo de un rato no sabía dónde terminaba el cielo y donde empezaba el océano.
            Key era un hombre de acción y no estaba acostumbrado a quedarse quieto mirando el horizonte a la espera de que sucediera algo. A pesar de ello, no le quedaba otra alternativa. Se sentía inquieto, nervioso, pero no tenía nada más que hacer, así que se quedó en el puente con sus prismáticos y su espejo.
            No hacia ni veinticuatro horas que lo habían secuestrado. Debía tener paciencia y fe. El problema era que Key no era una persona muy paciente y sólo tenía fe en sus propios recursos. Por supuesto, hubo momentos en su vida que le hubiera gustado contar con un hombro en el cual apoyarse, momentos en que habría sido maravilloso poder descargar sus problemas sobre las espaldas de un hombre capaz de ocuparse de todo. Pero Key no había encontrado a ese hombre y, en cualquier caso, seguramente no se habría dejado cuidar por él.
            Key no sabía cuanto tiempo llevaba en el puente, pero cuando el cuerpo empezó a dolerle y el estómago a quejarse, abandono su puesto.
            Encontró a Minho en la cubierta de popa, sentado, con una caña de pescar sujeta al brazo de la silla y una cerveza en la mano. Parecía un hombre relajado, cuya ocupación más importante fuese dar cuenta de su cerveza.
Su camiseta y sus tejanos estaban tendidos en la parte trasera del barco junto a unos calzoncillos largos de algodón, de un color gris marengo. Key no quería fijarse en qué llevaba puesto, o qué no llevaba puesto, pues temía ver algo más que una caña de pescar. A pesar de eso, se fijó.
Llevaba unos pantalones cortos de nailon de cintura elástica ceñidos justo por debajo del ombligo. Se había vuelto a colocar el vendaje alrededor de las costillas y el amplio pecho. Extrajo un trozo de salmón ahumado de la lata que sostenía sobre el muslo, lo colocó encima de una galletita salada y se lo llevó a la boca. Luego metió los dedos en la lata y sacó un pequeño trozo de pescado para dárselo al perrito, que estaba sentado al lado de su pie izquierdo.
            Baby abrió las fauces y lo engullo in masticar. Si Minho creía que podía ganarse el corazón del perro a través del estómago, estaba en lo cierto, aunque solo daba hasta cierto punto. Baby era esclavo de su apetito por los bocados prohibidos pero, por encima de eso, era prisionero de su complejo de Napoleón. Unos trocitos de salmón ahumado no lo desviarían de su misión de derrotar a perros mayores que él.
            —Creía que odiabas a mi perro.
            Minho se llevó la cerveza a los labios y bebió un largo trago.
            —Así es —contestó, sin mirarlo—. Solo lo estoy cebando un poco por si más adelante necesito comérmelo.
            Key no supo si lo decía en broma.
            —Vamos, Baby —Y con un gesto, indico al perro que la siguiera al interior del barco, pero Baby se negó a obedecer y prefirió quedarse con el hombre que estaba alimentándolo.
            Sintiéndose ligeramente traicionado, Key fue a comprobar si sus boxers se habían secado. Estaban sólo un poco húmedos en la zona del elástico, de modo que se los puso. Escudriño la cocina en busca de algo para comer porque, aunque no tenía reloj, supuso que era la hora de la comida.
En la nevera encontró un poco de queso Brie, así como un plátano y unas cuantas uvas. Ya que Baby había optado por quedarse en cubierta, Key tenía que salir también y asegurarse de que no comiese demasiado salmón y se pusiera enfermo. 
            Se sentó entre los pantalones húmedos y la camiseta de Minho. Necesitaba un cuchillo para cortar el Brie y, de repente, como si Minho le hubiese leído el pensamiento, le alargó el cuchillo de pescado metido en la funda.
            —Te dejas esto por todos lados —le dijo.
            Key abrió la boca para darle las gracias, pero se contuvo. No necesitaría un cuchillo para nada si no fuera por él. Cortó un trozo de queso y se lo comió acompañado de dos uvas. Minho le acercó una caja de galletas y Key eligió unas de centeno.
            —Por favor, no le des más pescado a Baby. Se va a poner enfermo.
            Minho no contestó, pero se comió el resto del salmón él solo. No le ofreció ni una loncha a Key, lo cual le pareció bastante desconsiderado, aunque no esperaba la más mínima muestra de cortesía por parte de Minho. Peló el plátano y dirigió la vista al océano, para mirar a cualquier parte excepto a él. Detestaba tener que reconocerlo, pero ese hombre lo ponía nervioso, con su cara magullada y sus poderosos músculos. Mientras daba un mordisco al plátano, se fijó en su cepillo de dientes, que sobresalía de un soporte para caña de pescar, a popa. 
            —¿Qué hace mi cepillo de dientes ahí?
            —Lo he utilizado.
            Entonces lo miró directamente a la cara magullada, a los ojos cafés. Tragó el plátano.
            —¿Para qué? —le preguntó.
            —Para lavarme los dientes
            —Dime que es una broma.
            —No        
            —¿Has robado mi cepillo de dientes?
            Minho negó con la cabeza.
            —Lo he requisado.
            —¡Qué asco!
            —Lo he empapado en ron para matar los gérmenes.
            —¿Qué gérmenes? —Key, boquiabierto, se  quedó mirándole, observando la ligera hinchazón bajo el ojo izquierdo, el pómulo ennegrecido y la venda fría sobre la frente—. Eso es absolutamente asqueroso… y… y… —-Mientras tartamudeaba, se levantó, con el cuchillo en una mano y el plátano en la otra. El queso cayó al suelo y Baby se abalanzó sobre él. Key no le hizo caso—. ¡Y vomitivo!
            Minho dirigió la mirada al cuchillo que empuñaba.
            —Bueno, tampoco me he cepillado el culo con él.
            —¡Como si no lo hubiese hecho!
            —¿Por qué te pones así? —Él también se levantó y señaló el cepillo con la botella—: lo coloqué ahí para que se esterilizara con el sol.
            Key no podía creer que hablara en serio.
            —Me raptas, me retienes en medio del Atlántico, utilizas mi cepillo de dientes ¡y me preguntas por qué me pongo así! ¿Qué te pasa? ¿Te comías las pintura de las paredes cuando eras niño o qué?
            Minho no contestó es pregunta.
            —Date un respiro —le aconsejó—. No te he raptado, y fuiste tú quien nos dejó inmovilizados en alta mar.
            Pero Key no estaba de humor para asumir ningún tipo de culpa.
            —¿Qué harás ahora? ¿Me robaras la ropa interior?
            Minho paseó la mirada por la parte delantera del trajecito, por encima de su abdomen. Tomó un trago de cerveza mientras contemplaba las cerezas estampadas en la zona de la entrepierna.
            —No lo sé —dijo, despacio—. ¿La tienes todavía tendida en el baño, o voy a tener que arrancártela?
            —No, ya no está tendida en el baño —le infirmó Key, apretando los labios.
            Minho lo miró a la cara y sonrió, enseñando los dientes blancos, bien alineados y recién cepillados.
            —Bueno, puedes quedarte con ella. El rosa no es mi color favorito.
            Ahora, al darse cuenta de que él posiblemente había tocado su ropa interior, Key encontró la respuesta a aquello que se preguntaba la noche anterior: no, no era capaz de cortar el cuello a ningún hombre. Porque, de lo contrario, habría matado al «bueno de Minho». Gustosamente.
            —No sé por qué te pones tan rígido. Tampoco voy a contagiarte nada.
            —¿Qué? ¿Se supone que tengo que fiarme de tu palabra? —Key dio un paso atrás y lo miro arriba abajo—. Ni siquiera sé quién eres.
            —Ya te dije ayer por la noche quién soy.
            Una gota de sudor le resbaló a Key por el cuello. Se la secó con un gesto del hombro. Le dolía la cabeza, le picaban los ojos y necesitaba un baño. Se sentía tan mal que no podía tenerse en pie. Lo único que quería era meterse en una cama limpia y dormir hasta que esa pesadilla terminara.
            —Ya sé que lo dijiste, pero no puedes probarlo.
            —Eso es cierto. Tendrás que confiar en mi palabra.
            —Estupendo. —Key enfundó con cuidado el cuchillo mientras intentaba desesperadamente controlar sus emociones y no prorrumpir en un llanto histérico delante de él—. Se supone que tengo que confiar en la palabra de un tipo que ha robado un objeto de mi propiedad y que ha amenazado con comerse a mi perro.
            Minho se encogió de hombros:
            —No tienes otra opción.
            —Yo siempre tengo otra opción, y mi opción es no creer ninguna palabra que salga de tu boca.
            —Como quieras, pero no es conveniente para ti que discutas conmigo por algo tan trivial como un cepillo de dientes.
            —No te rías de mí.
            —¿Y qué vas a hacer? ¿Agujerearme el pecho con el dedo?
            —Quizá te de un puñetazo en el ojo bueno y te lo deje a juego con el otro. —La sola idea le habría arrancado una sonrisa de no haber estado tan enfadado en ese momento.
            Minho le agarró la mano y apartó el dedo de su pecho.
            —Lo más probable es que no te permitiría ni intentarlo. —Intentó soltarse, pero Minho aumentó la presión de la mano, grande y cálida—. No si lo veo venir.
            —Puedo esperar a que te duermas.
            —Puedes, pero no te recomiendo que te acerques a mí cuando esté en la cama.
Él intentó liberarse de nuevo, pero en lugar de soltarlo, Minho avanzó un paso, reduciendo la distancia entre ambos.
—¿Y si lo intento qué? ¿Me ataras de nuevo o algo así?
Minho bajó la mirada hacia su mano, que todavía sujetaba la de Key y era lo único que separaba sus lindos pezones que se marcaban a través de la tela del pecho de Minho.
—Algo así —dijo en voz muy baja y levantó la vista hasta los labios sus labios—. Seguro que se me ocurre algo. Algo un poco más divertido que un ojo a la funerala.
De repente, Key reconoció una textura áspera en su voz. Un destello de deseo en los ojos cafés. Había percibido eso muchas veces en su vida. Pero ahora no sintió la más mínima chispa interior, ni el menor interés; ni siquiera sintió repugnancia, lo cual no lo sorprendió dado que la ira la llenaba por completo.
—No te exprimas el cerebro —le replicó al tiempo que conseguía soltarse de él y retroceder unos pasos—. Nunca seré un voluntario en tus perversas fantasías.



La luz de la cocina caía sobre la cabeza de Minho mientras éste estudiaba un mapa que había desplegado encima de la mesa. Había encendido uno de los generadores al ponerse el sol y se había vestido con su ropa seca, tiesa a causa de la sal del mar. Había puesto una cinta de Jimmy Buffet en el equipo, y la canción Cheeseburger in Paradise competía con el zumbido de la nevera. No le preocupaba mucho que el Dora Mate resultase más fácil de localizar ahora que tenía las luces encendidas. No los encontrarían tan fácilmente de todas maneras, pues no emitirían ningún tipo de señal que llamase la atención.
Marcó su posición aproximada en el mapa, que había calculado observando las estrellas y valiéndose de una brújula que había encontrado en el camarote. Estaba seguro de que se hallaban entre la isla Andros y la de Binini. Lo que no sabía era a qué distancia. Iba a la deriva, arrastrados por una cálida corriente del noroeste, pero había empezado a soplar un viento sureste. No creía que la velocidad del barco superara los dos nudos, fuera cual fuese la dirección.
Los golpecitos de unas uñas contra el suelo atrajeron su atención de Minho hacia la puerta. Baby Doll Kim entró en la cocina y saltó al banco y de ahí a la mesa; irguió las cejas y fijó la mirada en Minho.
—Oh, no, otra vez no —rezongó Minho.
Se levantó de la mesa, saco una cerveza de la nevera, la segunda en todo el día, y la alzó en un silencioso saludo. Los Thatch no sólo le habían proporcionado  un barco sino que lo habían aprovisionado de buena cerveza. En la cocina había canapés y bebida para un mes.
Por suerte, encontró provisiones más sustanciosas en la despensa. Estaba repleta de zumo de tomate, aceitunas verdes y vermut. Si hubiese sido un buen bebedor, habría podido pasar varias semanas borracho con el alcohol que había ahí almacenado. En uno de los estantes inferiores encontró arroz blanco y unas latas de peras.
Se acordó de Key, de su mano, aprisionada en la de él, y de sus pezones marcados. Destapó la cerveza y durante medio segundo consideró la posibilidad de emborracharse por completo; la idea de evadirse de todo por medio de la bebida lo sedujo por un momento. Pero Minho ya conocía esa forma de afrontar la realidad. La había visto en su padre y se prometió a sí mismo que nunca recurriría a eso. Él era fuerte y podía evitarlo. Más fuerte que la bebida y más fuerte que su padre. Nunca permitiría que nada lo dominase como el ron había dominado a Choi Yun-kyum.
El minúsculo perro que había encima de la mesa soltó un ladrido y Minho lo miró.
—¿Dónde está tu dueña? —le preguntó Minho en voz alta, aunque tenía una ligera idea de dónde se encontraba: la había visto sacar una tumbona de un armario y llevarla al puente.
Minho bebió un trago de Dos Equis y se dirigió hacia fuera. Key no le había dirigido la palabra desde su discusión sobre el cepillo de dientes. Quizá debería haberle pedido permiso antes de cogerlo, pero pensó que se lo habría denegado y que él lo habría utilizado igualmente. Por eso le había parecido inútil y todavía se lo parecía. Además, tal como le había dicho, no iba a contagiarle nada. Dios sabía que su revisión física anual incluía todas las pruebas conocidas por la comunidad médica, pero herviría el maldito cepillo si eso lo hacía sentirse mejor.
Descalzo, subió las escaleras hasta el puente, se acercó un poco y lo miró, envuelto en las sombras de la noche. Las luces de babor y estribor todavía funcionaban, y su brillo reflejaba el cabello de Key. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. El pecho le subía y le bajaba a ritmo lento, pero los botones de su camisa parecían a punto de saltar. Tenía una mano sobre el vientre, mientras que la otra colgaba de un lado de la silla con el espejo todavía entre los dedos. La manta que utilizaba para cubrirse se encontraba arrebujada entre sus piernas y Minho la utilizo para tapárselas con ella. Luego recogio los prismáticos del suelo. Observo el horizonte con ellos, buscando alguna boya o algún signo que indicara la proximidad de la costa. No vio más que el reflejo de la luna en la negra superficie del mar y la ligera espuma de las olas.
La posibilidad de que lo arrestaran por robo y secuestro cuando los rescatasen era real. Por lo menos lo detendrían. Pero eso no le preocupaba en absoluto: con una llamada telefónica haría desaparecer todos los cargos.
Lo único que le preocupaba de verdad era el hecho de encontrarse en medio del Atlántico desprovisto de sus herramientas letales, sobre todo de su 9 mm con munición subsónica y su cuchillo de asalto K-Bar. Sin ellos se sentía desnudo y a merced de cualquier barco que se cruzara con ellos. Minho no se fiaba de nadie ni de nada, y mucho menos de los desconocidos.
Echó un vistazo a Key y al cuchillo de pescado, que se había deslizada desde su mano hasta el suelo. Como guerrero era pésimo. Dormía tranquilamente mientras él invadía su espacio, y ni siquiera estaba pendiente de su arma. Recogió el cuchillo del suelo y se lo coloco en el cinturón.
La luz de la Luna acariciaba la mejilla y labio superior de Key. No cabía duda de que era un hombre hermoso. Era la clase de hombre con la que varias personas fantaseaban.
«Nunca seré voluntario en tus perversas fantasías», le había dicho, como si le hubiera leído el pensamiento. ¿Perversas? Sus fantasías no eran perversas. Bueno, no tanto como las de algunos tipos que conocía.
Aunque Minho no era el tipo de hombre que se compraba calendarios de desnudos, habría tenido que ser de otro planeta para no saber quién era Key, para no haberlo visto en calendarios, anuncios, vallas publicitarias y portadas de revistas. Estaría muerto de la cintura para abajo si no hubiese imaginado como sería acostarse con él, sentir su sudor y su pelo revuelto, probar su sabor.
Recordó la primera vez que vio una fotografía de Key. Fue en Times Square, hacia a más o menos unos ocho años. Esperaba un taxi en medio del Hiatt cuando miró hacia arriba y ahí estaba él, con la melena rubia hacia atrás, los ojos provocadores, como si estuviera mirando a su amante, y el exuberante cuerpo cubierto solamente con unos calzoncillos.
De color blanco. Su preferido.
Ese día en que lo vio por primera vez se preguntó quién seria. Al igual que todos los hombre que lo miraban, se lo imagino desnudo y, consciente de que nunca tendría la oportunidad de estar con un chico como ese, se dijo que seguramente serpia un polvo horroroso. Se le veía demasiado flaco y preocupado por su maquillaje. Seguramente era de esos chicos que esperaban que su hombre hiciera todo el trabajo, y menos aún con ese tipo de trabajo.
Al observarlo ahora, decidió que no era tan delgado. De hecho, era la clase de chico que le gustaba: de pezones rosados y con un trasero justo para abarcarlo con sus grandes manos. Le gustaba sentir el cuerpo suave y sinuoso de un chico contra el suyo. Le molestaba notar los huesos. No quería tener la sensación de que en cualquier momento se podía romper.
Miró los labios entreabiertos y, de pronto, pensó en besar a Key Kim. Ahora no llevaba pomada, y Minho se preguntó cómo sería fundirse lentamente con él en un beso y saborear sus labios. Sentir sus dudas, sus vacilantes intentos por detenerlo, justo antes del suspiro: el «ahhh» que la daría a entender que él también lo deseaba, el momento en que se rendiría ente su boca, a él, a Choi Minho. El chico de Choi Yun-kyum. El chico de cara sucia de quien su padre se olvidaba cuando se entregaba a una botella de ron, cosa que sucedía la mayor parte del tiempo.  
Minho no estaba forrado de dinero, no era un actor famoso ni una estrella de rock, no era el tipo de hombre que las personas como Key Kim buscaban, pero eso no le impidió preguntarse cómo sería tocar a un chico como él, sentir sus pezones blandos apretados contra su pecho mientras hundía los dedos en su fragante cabellera.
Minho se llenó los pulmones de aire frio y salado y lo espiró espacio. Todas esas fantasías lo estaban conduciendo a un lugar del que más valía mantenerse alejado. Un lugar que provocaba tal reacción en su cuerpo magullado que le exigía hiciese algo al respecto. Un lugar donde la sangre escocía y le causaba una dolorosa quemazón en las ingles.  Un lugar donde nunca iría con una persona como Key. A un lugar donde Kim nunca iría con un hombre como él. Minho no era rico, ni famoso, ni un modelo de rostro angelical. Un chico como ése no aguantaría a un hombre que desaparecía por días y semanas y que nunca le diría cuando volvería no donde había estado.
Minho dio media vuelta y se alejó del puente, era mejor para ambos no pensara en él en absoluto. Se sentó en la misma silla que antes, estiró el brazo para coger la caña de pescar y lanzó el anzuelo. Se concentró en le sedal para evitar el recuerdo del modelo de ropa interior que dormía en el puente.
Supuso que quizá picaría algún pez si tuviera idea de que estaba haciendo. Durante los últimos años había ido a pescar algunas veces a un lago o arroyo, pero nunca había sido un auténtico pescador. En realidad, había practicado la «pesca» principalmente el patio de la vieja casa que su padre y él habían alquilado en Galveston.
Ahora que lo pensaba, debía de contar con unos siete años cuando el viejo le compró aquella caña de metro ochenta con un carrete Zebco. Todavía la tenía escondida en un armario.  Era una de la pocas pertenencias que conservaba de la infancia.
Incluso ahora sentía claramente el peso de esa caña y ese carrete en sus manos. Su padre, que se encontraba en la furgoneta en ese momento, le ató un plomo al extremo del sedal y le mostró como lanzarlo los dos permanecieron allí hasta el anochecer, el uno al lado del otro, lanzando el plomo sobre la hierba y charlando de los peces que pescarían algún día. Minho todavía recordaba el tacto de las manos de su padre y el sonido de su voz.
Por desgracia, el hombre pasaba la mayor parte de su tiempo fuera con la furgoneta y nunca pudo llevar a Minho a pescar, lo que no impidió que Minho siguiese practicando y esperando. En unos cuanto años se convirtió en un excelente lanzador. Lanzando por arriba, de lado y por debajo, podía acertar cualquier blanco que se fijara. Siempre supuso que esa práctica había resultado útil y le había permitido dominar sin esfuerzo el tiro con rifle.
Cambio de postura y las costillas le dolieron sólo un poco menos que cuando andaba o estaba de pie. Solo había experimentado un alivio total del dolor que sentía en el costado durante las pocas horas que había tendido boca arriba la noche anterior. Aunque no le habría venido mal dormir unas cuantas horas más, no podría darse ese lujo esa noche. En esos momentos cualquiera podía pillarle desprevenido.
Sin embargo, como no había dormido bien en dos días, cayó en un sueño profundo una hora antes de que el sol se levantara sobre el horizonte.

sábado, octubre 18, 2014

Capítulo 2

Key iluminó con una pequeña linterna los restos del timón. El techo de lona que cubría el puente se había consumido casi por completo y sólo quedaba de él unos cuantos metros de tela chamuscada y los aros de aluminio ennegrecidos. Una brisa ligera y salada le revolvía el pelo y le hacía ondear las faldas de su chal contra las caderas y el trasero. El aire marino removía las cenizas que cubrían el suelo y los restos de la silla del capitán y del timón.      
            Aquello no podía ser verdad. Aquello no le estaba ocurriendo a él.
Él era Key Kim y ésa no era su vida. Él se encontraba de vacaciones, descansando. De hecho, al día siguiente regresaba a casa. Tenía que regresar a casa.
            Aquello era una locura, así que debía tratarse de una pesadilla. Sí, eso era. Él había embarcado para tomar un último aperitivo con cóctel Nassau y se había quedado dormido en el camarote, y ahora se encontraba en medio de una pesadilla protagonizada por un demente. De un momento a otro despertaría y daría gracias a Dios por haber acabado con la pesadilla.
            En la oscuridad, el extintor atravesó el aire, rebotó en el timón y se quedó clavado en el agujero.
            —¿Qué viene ahora? ¿Un poco de nalpam escondido en tu ropa interior? —le preguntó el tipo, loco y aparentemente real, que se encontraba detrás de él; el tono de furia de su voz cortó el aire nocturno que le separaba.
            Key miró hacia atrás y vio esa cara magullada y golpeada iluminada por la luz de la luna.  Había creído que lo asesinaría y lo utilizaría como carnada de pesca. Cuando esa tipo lo ató, tuvo más miedo del que había sentido en su vida. El miedo se le instaló en el pecho y le cortó la respiración. Había estado absolutamente seguro de que le haría daño y de que, luego, lo mataría. Ahora estaba demasiado aturdido para sentir nada en absoluto.
            —Si hubiera tenido nalpam, estarías asado —replicó antes de pensarlo dos veces; cuando cayó en la cuenta de que lo había dicho, dio unos pasos atrás.
            —Oh, no lo dudo, querido. —Él se acercó hacia Kim y se llevó la mano a la espalda—. Aquí tienes.
            Saco de detrás un cuchillo enfundado en piel y le agarro a la mano. Kim se sobresaltó cuando sintió que se lo ponía en la palma de la mano con un golpe.
            —Si quieres acabar con mi sufrimiento, utiliza esto —añadió—. Es más rápido y duele menos.
            Despacio, él se dirigió hacia donde antes había estado la puerta y donde ahora solamente quedaba un marco de metal con unos retazos de lona ondeando al viento. Entonces, aspiró con fuerza y empezó a bajar las escaleras.
            A la primera señal de fuego, Baby había escondido la achaparrada cola entres las patas y corrido en busca de un rincón más seguro. Key también había corrido; o más bien se había arrastrado por el suelo y las escaleras, hacia un rincón más seguro. Se había quedado en la cubierta de popa mientras aquel loco llamado Minho combatía las llamas. Había visto, sin podérselo creer, cómo los trozos de lona incendiada volaban con la brisa.
            El ruido de la puerta de la cocina al cerrarse de golpe resonó en la noche. Luego, toso volvió a quedar en silencio y el único sonido en medio de la quietud era el dulce chapoteo de las olas contra el casco del barco. Miró alrededor, a la oscuridad, a la nada, y se sintió como esos supervivientes de los huracanes que había visto en las noticias: despeinado, con la mirada errante y aturdida. Su mente captaba con dificultad su situación real: que se encontraba en cualquier punto de océano Atlántico en un barco averiado y sin llevar encima nada más que la ropa interior y un chal mientr4as un hombre a todas luces demente dormía bajo sus pies.
            Key bajó las escaleras. Toda la noche había resultado surrealista, había sido como estar atrapado en una pintura de Salvador Dalí deformada y retorcida en la que miraba alrededor y se preguntaba «¿qué es esto?». Cuando llegó a la cubierta de popa encendió la linterna y entró en la cocina a paso lento.
            —Baby —susurró llamando al perro.
            Le encontró en el banco, debajo de la mesa, alerta y asustado encima de la manta que él había descartado ese mismo día. Poco a poco, como si temiera que el coco le saltara encima, fue iluminando la cocina y el salón con la linterna. Detrás del salón, atravesando la puerta, el haz de luz se encontró con una gruesa alfombra azul, los pies de una cama y las suelas de un par de botas negras, al verlas, el miedo que había sentido durante la noche recorrió sus venas de nuevo. Apagó la linterna.
            —Baby —Volvió a murmurar, mientras buscaba a tientas encima del banco.
            Cogió el cuchillo y la linterna con la misma mano y con la otra tanteó la manta y la levantó con el perro envuelto en ella. Salió de la oscura cocina de la forma más silenciosa que pudo y se encontró, de nuevo, en la cubierta de popa. Se dirigió al mismo punto donde había estado sentada unas horas antes, mientras sorbía vino en compañía de otros pasajeros y escuchando las historias de piratas del capitán. Cuando se sentó con los pies debajo del trasero, el frío plástico del respaldo le heló las caderas.
            Baby le lamía las mejillas mientras él luchaba contra las lágrimas e intentaba no llorar. Key odiaba llorar. Odiaba estar asustado y sentirse desvalido, pero las lágrimas le brotaron antes de que intentase detenerlas.
            El perro no se había asustado. Había sido valiente y fiero pero, por primera vez desde que lo adoptó, él deseo que hubiera sido un rottweiler.
Un rottwiler grande y malo capaz de destrozar los brazos, o lo huevos, de un hombre.
            Key se enjugó las lágrimas y pensó en la caja de bengalas que había encontrado en el camarote. Por desgracias, no tenía el valor suficiente para entrar en esa habitación y recuperarlas. No mientras Mad Minho estuviese tumbado sobre la cama, al lado de ellas.
            Dijo que era capitán de corbeta, pero él no se lo creía. Podía habérselo inventado. Era mucho más probable que fuera uno de esos piratas modernos de quienes les había hablado Mel Thatch, el propietario del barco.
Key desplegó el chal la manta y se envolvió en ella, con el perro en el regazo. Miró hacia arriba, a los restos chamuscados del puente y a las estrellas que punteaban el cielo y que en algunas zonas eran tan numerosas que parecía que estuvieran apiladas unas encima de otras.
            Apretó el cuchillo que él le había dado. Era estúpido que un criminal hubiera hecho eso, pero era evidente que no lo consideraba un peligro. No creía que fuese capaz de utilizarlo contra él, y posiblemente tuviera razón. Una cosa era dispar a un hombre con una pistola de bengalas, o defenderse de él durante una pelea, y otra bien distinta rebanarle la garganta mientras dormía.
            Lo más probable era que le hubiese dado ese cuchillo porque tenía claro que no podía con ella, tal como había hecho toda la noche. Todavía sentía la presión de sus manos en sus muñecas y la solidez de su cuerpo contra su espalda. El hombre tenía los músculos duros y una fuerza bruta, y él no era contrincante. El mismo momento en que él le había agarrado por las muñecas y apretado contra su pecho, supo que podía hacerle cualquier cosa y que no tenía modo de evitarlo.
            Después de que lo soltara por primera vez, Key se había quedado en las sombras a la espera de que él fuera a buscarlo y lo hiciera pasar por la pesadilla de cualquier persona. Temía que le arrancara la ropa, lo inmovilizara y lo violara. No había dudado ni por un instante que opondría resistencia y protegería a Baby.
            No había llegado a donde estaba en la vida siendo pasivo. No era base de sumisión a los hombres que había conseguido sobrevivir en un negocio que se alimentaba de los cuerpo de los jóvenes y jovencitas ingenuas. Y no era para quedarse sentado que había abandonado ese negocio con la intención de empezar su propia empresa de venta por correo de ropa interior. Durante la mayor parte de su vida había luchado contra un demonio u otro, pero cuando Minho lo sujetó y lo ató con tiras arrancadas de su propia ropa, tuvo la certeza de que esta vez no sobreviviría, de que lo violaría, lo asesinaría y arrojaría su cuerpo y el del pobre Baby por la borda, tal y como había amenazado con hacer. Pero no lo había hecho. Todavía estaba vivo. Se le escapó un sollozo y apretó sus temblorosos dedos contra la boca.
            Apartó la vista de las estrellas y la bajó hasta el puente quemado. La primera vez que él lo agarró, se dio cuenta de que para sobrevivir esa noche necesitaba un arma. Preferentemente una Mágnum 357, como la Milton de su abuelo. Tuvo que apañarse con una pistola de bengalas, y ahora que todo había terminado, se preguntaba si habría sido capaz de dispararle, como Nicole Kidman disparaba a Billy Zane en la película Clama total.
            Luego de que lo peor hubiese pasado, no podía evitar que las manos le temblaran y que un montón de imágenes pasaran por su mente. Retazos de una cosa y fragmentos de otra. De cuando él y Baby habían subido al yate para asistir al cóctel, de que éste había sido más cóctel que aperitivo, de cuando su tumbó y de cuando se despertó y se encontró con ese loco en el puesto del capitán. La imagen de él delante de los mandos y de Baby ladrando furiosamente a sus pies. De cuando lo ató con su propia ropa. De cuando encontró la pistola de bengalas. Del susto de ver esa cara magullada.
Key estiró los músculos y apretó a Baby contra su pecho. El vaso de vino todavía se encontraba donde lo había dejado antes, cuando se fue al camarote a descansar un poco. Se preguntó si los Thatch habrían descubierto que el yate había desaparecido. No lo creía porque, a pesar de que parecía una pesadilla hubiera durando muchas vidas, en esos momentos debía de ser la una de la madrugada. Los Thatch no volverían al puerto hasta una hora más tarde. Se preguntó cuánto tardarían en darse cuenta de que él también había desaparecido, cuánto tardaría todo el mundo empezar a buscarlo, cuánto rardaria su familia en enterarse.
            Aunque en la empresa —Key Wear, Inc.—no tuvieran noticias de él, nadie le daría mucha importancia. Simplemente pensarían que se estaba tomando un descanso más largo de lo previsto. Al principio continuarían trabajando como siempre en el negocio que él había iniciado hacía ya dos años. Posiblemente se apañarían sin él, aunque ahora nada de eso importaba: sentía que tomaba dolorosa conciencia de su situación real.
No había forma de salir del barco. Por lo menos esa noche. Era posible que hubiese un bote salvavidas en alguna parte, pero no era tan estúpido e irreflexivo como para cambiar un yate de catorce metros de eslora por un cachivache de goma. Ni aun cuando en el yate estuviese ese loco. Se encontraba atrapado y no había absolutamente nada que pudiera hacer.
No había forma de salir del yate. No había salida. Por primera vez en toda la noche se sintió totalmente desvalido.
            Se encontraba a merced de las corrientes y de los piratas.

                                                                                               
            Key despertó cuando sintió que el sol le calentaba la mejilla izquierda. Por un momento no supo dónde se encontraba, y casi se había caído del banco. Abrió los ojos al cegador sol del Caribe y se tumbó sobre la espalda. Desorientado, cerró los ojos de nuevo y entonces todo volvió a su memoria en un destello horripilante. El miedo y la vulnerabilidad en el estómago lo obligaron a sentarse de repente. Miró el chal que llevaba, que se le había enrollado alrededor de la cintura y la manta que le cubría una pierna y se desparramaba hasta el suelo de cubierta. Se levantó, se acomodó el chal y echó un vistazo a la puerta de la cocina, que se encontraba abierta.
La linterna todavía estaba encima del banco, pero el cuchillo había desaparecido. Buscó a Baby con la vista pero no lo encontró, tampoco veía a Minho, pero le oía.
            —Mierda —se oyó desde el puente de mando,.
            Una mezcla de expresiones malsonantes en coreano y en japonés salpicaron el aire de la mañana. Key no entendía el japonés, pero tampoco le hizo falta. La diatriba fue sustituida por una serie de golpes, como si él estuviera aporreando madera con un martillo.
            Key se levantó y fue a la cocina. La luz de la mañana entraba por las ventanas y vio que su mochila estaba tal y como la había encontrado la noche anterior al entrar en busca de un arma: abierta y con el contenido desparramando sobre la mesa.
            Los golpes continuaban y Key levantó la vista al techo. Aquel capullo no solo la había raptado, sino que había rebuscado en entre sus cosas.
Se sacudió el pelo con las manos, cogió el cepillo del montón de cosas y lo guardó todo en la mochila de nuevo.
            Mientras se cepillaba el pelo, se paseó por el salón hasta el camarote llamando con suavidad a Baby. La luz de fuera iluminaba retazos de la cama y de la alfombra azul. Key miró en el baño, en la gran bañera con los mandos deslucidos. Buscó en el armario y encontró unas cuantas camisas de hombre estampadas con palmeras y flamencos al lado de unos bañadores con motivos tropicales, pero ni rastro del perro.
            Volvió al salón y arrojó el cepillo sobre el sofá. Si Baby no se encontraba dentro, tenía que estar afuera; pero si tampoco estaba afuera… Sus pensamientos se interrumpieron a causa de un fuerte golpe por encima de su cabeza, y salió corriendo a la cubierta de popa. Si le hacía daño al perro lo mataría.
            Subió por las escaleras hasta el puente de mando de dos en dos y al llegar arriba lo que vio le hizo para en seco. El tablero de mandos tenía peor aspecto a la luz del día, todo estaba negro y derretido y había un gran agujero en medio. Baby se encontraba sentado en medio del puente, tan quieto que parecía disecado, mirando fijamente al enemigo. Éste se encontraba sentado con la espalda apoyada en la regala, las piernas abiertas y los brazos sobre los muslos. En una mano tenía una llave inglesa.
            El triste destino de Baby Doll era tener que enfrentarse, siempre y contra su voluntad, a perros más grandes que él. Fuera cual fuere el tamaño y raza.
            Era obvio que ahora había decidido enfrentarse a Minho, y los dos machos se encontraban en un punto muerto del combate, ambos inmóviles.
Ni siquiera los pelos negros y cortos de Minho ni los pelos marrones de Baby se movían bajo la ligera brisa.
            —Tu perro se ha cagado en la esquina —dijo Minho, con la voz tan ronca como él recordaba.
            Cuando Minho volvió el rostro a él, Key lo miró con atención por primera vez. A la luz del día no tenía mejor aspecto que a la luz de la noche. Parte de la inflamación le había bajado, pero todavía estaba hinchado y con morados. Ahora solo resultaba un poco menos aterrador.
            —Estoy seguro de que no ha podido evitarlo —contestó él, decidido a no mostrar el miedo que sentía. Buscó con la mirada pero no encontró la caca del perro.
            —Lo he limpiado. Pero a partir de ahora es trabajo tuyo. 
            Kim lo miró de nuevo y se dio cuenta de que tenía los ojos de un hermoso color café. Al lado de esa piel oscura y de ese pelo negro, por no hablar de los morados, resaltaban de forma asombrosa.
            —No soporto a los perros estúpidos. Y el tuyo es el más estúpido que he visto en mi vida.
            —Tú, un ladrón y secuestrador, ¿cómo te atreves a llamar estúpido a un perrito?
            —Ya te dije por la noche que he requisado el yate, y que esto no es un secuestro.
Key encogió los hombros.
            —Eso dijiste, pero aquí estoy. Retenido contra mi voluntad en un barco que no te pertenece. No sé de dónde eres, pero no creo que la mayoría de países del mundo esto constituye un delito.
            Minho levantó el brazo y se apoyó en la regala para incorporarse. Cuando consiguió ponerse de pie, Key dio un paso atrás.
            —Si no hubieras pegado fuego el timón, ahora estarías en Florida, cómodo y a salvo, sin ninguna preocupación excepto la de qué pedir para desayunar. O te encontrarías camino a Washintong, donde por lo menos un general te lamería el culo y se disculparía en nombre de Estados Unidos y Corea. En lugar de eso, te pusiste histérico y jodiste todo.
            —¡¿Yo?!
            —Ahora estoy atrapado en el Triángulo de las Bermudas durante la estación de los huracanes en compañía de un modelo de lencería y de un perro enclenque.
            Tal como lo decía, parecía que todo fuera culpa de él. El enfado sustituyó al miedo, y Key le apuntó con el índice.
            —Eh, un momento. Nada de todo eso es culpa mía. Yo estaba durmiendo cuando tú raptaste el barco y «nos requisaste» a Baby y a mí.
            —Más bien estabas inconsciente. Hice ruido como para despertar a un muerto.
            Minho emitió un gemido y se sujetó el costado con la mano.
            —No estaba inconsciente. Estaba muy cansado —se defendió, aunque en realidad no le importaba lo que él pensara.
            —Y yo estoy al mando del yate, no de ti —exclamó—. Tú no tenías que encontrarte aquí. —Kim abrió la boca para replicar, pero él continuó—: Y tampoco estas secuestrado.
            —Entonces, ¿qué hago aquí?
            —En confianza, creo que estas aquí para fastidiarme.
            Baby dio por concluida su actitud amenazadora y se acercó a Key. Él lo sostuvo en brazos. Ni siquiera se preocupó de contestarle; en lugar de eso, dio media vuelta y lo dejó solo en el puente de mando. Tenía preocupaciones más importantes que discutir con un secuestrador desquiciado.
            Debía de haber una forma de alertar a un barco de rescate, reflexionó mientras entraba en la cocina y rebuscaba por todas partes hasta encontrar una caja de barritas de cereales en uno de los armarios. Eligió una de miel con nueces para sí mismo, una de canela para Baby y se sentaron a la pequeña mesa. Habría matado a alguien por conseguir una taza de café, y eso le hizo acordarse del cuchillo en la funda de cuero. Seguro que él se lo había quitado mientras dormía. Quería recuperarlo. Mientras daba cuenta del desayuno, Minho entró en la cocina llenando por completo el espacio con sus anchos hombros y sus malas vibraciones.
            —¿Tienes mi cuchillo? —aprovechó para preguntarle Key.
            —Sí. —Minho destrozó la caja de barritas de cereales y contestó—: Lo recuperé
            —Lo necesito.
            Minho abrió una barrita de nueces y pasas con miel y miró a Key.
            —¿Por qué? —preguntó.
            —Simplemente lo necesito —insistió él.
            --¿Es que quieres apuñalarme por la espalda cuando no me dé cuenta?
            —No.
            Minho lo miró con esos ojos cafés mientras sacaba el cuchillo que llevaba a la espalda.
            —Seguro que no —dijo, y dio un paso hacia él.
            Key se apretó contra el respaldo y él depositó el cuchillo encima de la mesa.
            —¿Puedes dejar de hacer eso?
            —¿A qué te refieres?
            —A pegar saltos como si estuviera a punto de atacarte.
            —No lo hago —repuso Key, pero sabía que lo hacía. Él le daba miedo, no había ninguna duda de aquello. Calculó que debía medir, por lo menos un metro ochenta. Con la cabeza casi tocaba el techo, y sabía por experiencia que tenía músculos fuertes.
            —Si quisiera hacerte daño —dijo Minho—, ya lo habría hecho.
            Key no dijo una palabra. Solamente agarró el cuchillo y se lo puso en el regazo.
            —Y si de verdad quisiera hacerte daño, ese cuchillo no me lo impediría.
            Él le creyó, pero por si acaso no lo soltó.
            —¿Te hice daño ayer por la noche?
            Se trataba de una pregunta retórica, pero aun así contesto:
            —Sí.
            Minho mordió la barrita de cereales y preguntó:
            —¿Dónde?
            Key le enseñó las muñecas, mostrándole ligeras marcas moradas que habían dejado sus dedos en la piel. Él se inclinó para observarlas mejor y Key aguantó la respiración., preparándose por lo que él pudiera hacer. De momento se mostraba amistoso, pero no confiaba en su humor.
            —Bah, esas marcas son tan pequeñas que no cuentan. —Se incorporó de nuevo y se introdujo el resto de la barrita en la boca. Lo miró mientras masticaba, con la expresión seria, y se encogió de hombros—. Eres demasiado blando.
            —¿Estas echándome la culpa de nuevo?
            En lugar de contestar, Minho sacó la otra barrita de la caja.
            —No hace falta que agarres el cuchillo con tanta fuerza. No voy a violarte.
            ¿Un criminal con escrúpulos? Key no se sintió más seguro y siguió agarrando el cuchillo con fuerza.
            —Nunca he obligado a alguien a estar conmigo —agrego él.
            Kim no hizo ningún comentario, pero encarnó una ceja, como expresando sus dudas.
            Minho rompió un trozo de la barrita y se lo hecho a Baby que lo pilló al vuelo.
            —Nunca he necesitado —continuó—. Puedes desnudarte y andar en pelotas, que el buen Minho no sentirá nada en absoluto.
            —Muy amable.
            Baby se puso a masticar el trozo de barrita de cereales.
            —Soy un chico encantador. —Minho consiguió esbozar una sonrisa y echó un vistazo en dirección al salón.
            Exacto. Y las medidas de él eran 90-60-90.
            —¿Funciona la radio? —preguntó Key.
            Por toda respuesta él rió en silencio y replicó con otra pregunta:
            —¿Es tuyo éste yate?
            —No.
            —¿De tu novio?
            —No.
            —¿Por qué tendría que decirte nada?
            Él cruzó los brazos sobre su enorme pecho y se apoyó en el canto de la mesa de cocina.
            —Cuando sepa de quién son los papeles de propiedad, podré decirte con bastante exactitud cuánto tardaras en ser rescatado.
            —Mel Thatch —contestó Key sin dudarlo—. Es el propietario de Dolphin Cay, la isla sonde he pasado las vacaciones.
            Minho lo observó con detenimiento. 
            —Nunca oí hablar de él. ¿Es algún famoso?
            —No.
            —¿Quién te espera en Dolphin Cay? ¿Un Siwon, un Seunghyun, un apergaminado y viejo millonario?
            Key nunca había oído salido con un apergaminado y viejo millonario.
            —No. No estoy saliendo con nadie en este momento.
            Ahora fue Minho quien encarnó una ceja, escéptico.
            —¿Estas de vacaciones solo?
            —No, estoy con Baby. Por cierto ¿cuándo van a encontrarnos?
            —Es difícil de saber. Estoy seguro de que a estas alturas ya se ha comunicado el robo del barco, pero el problema es que se roban yates continuamente, o se hunden para cobrar el seguro. La guardia costera rastreará, pero nadie se tomará excesivas molestias. Excepto el propietario, por supuesto. Aunque seguro que ya habrá llamado a su compañía de seguros. Y posiblemente no se sentirá del todo mal cuando sepa que le pagaran una cantidad superior a lo que vale el barco, sobre todo teniendo en cuenta el estado en que se encuentra.
            Key le clavó los ojos:
            —¿Cuándo?
            —No lo sé. —Minho se encogió de hombros.
            —Me dijiste que lo sabrías.
            —Si estuvieras saliendo con un congresista o con alguien que tuviera contactos, la búsqueda se intensificaría y las posibilidades de un rápido rescate serían mayores. Pero estoy seguro de que están intentando averiguar tu relación con todo esto, si estas retenido contra tu voluntad o no. Y puedo decirte que nadie apostará por la primera posibilidad sólo porque eres un famoso modelo de ropa interior. —Minho mordió otro trozo de barrita y lo masticó despacio.
            Key ya no era un famoso modelo de ropa interior, pero no se molestaba en decírselo. Además, nadie en sus cabales creería que él habría robado un yate. 
            —¿Y tú qué? ¿No hay nadie que esté buscándote? ¿Una esposa? ¿Una familia?
            —No —fue todo lo que dijo Minho al salir de la cocina con la caja de barritas de cereal bajo el brazo.
            Era obvio que no quería que supiera nada de él, y a Key le daba igual. En realidad, no quería saber nada más de él de lo que ya sabía. Era un ladrón y existía alguien lo suficiente como para romperle la cara. Con esa información le bastaba. Tenía preocupaciones más importantes. Principalmente, la de encontrar la manera de volver a casa.
            Se levantó de la mesa y se colocó el cuchillo con la funda debajo de sus boxers. El elástico lo mantenía sujeto. De la mochila sacó las gafas de sol de cristales azules. Luego buscó unos prismáticos. Que halló en el armario del salón. En la caja de emergencia que había encontrado la noche anterior había un espejo, una bandera de color naranja y un silbato. Por supuesto, las bengalas todavía estaban ahí, pero ahora ya no tenían ninguna utilidad. Son esas tres cosas, Key se fue a cubierta. Minho había levantado la escotilla de la sala de máquinas, pero Key no le dirigió la mirada al pasar por su lado en dirección a proa. Baby se afanaba tras él.
            Años atrás, y como parte de su entrenamiento contra la bulimia, había tenido que aprender que no siempre podía controlarlo todo. También había aprendido a diferenciar entre controlar ese desequilibrio y dejar que el desequilibrio lo contralara a él. Le tomó micho tiempo empezar a reconocer la diferencia, pero había aprendido la lección y la aplicaba en todos los aspectos de su vida.
            Key no podía controlar las corrientes ni la dirección del viento, pero no estaba dispuesto a sentarse y esperar a que lo rescataran. Tenía una vida que vivir. Una vida que amaba y que había conseguido a base de esfuerzo. Tenía un negocio que dirigir y un detective privado esperando a ser contratado. No estaba dispuesto a quedarse y apoyarse en «el bueno de Minho».


            Una suave brisa acarició la mejilla de Minho cuando sacó la cabeza de la sala de máquinas para echar un vistazo hacia proa. Se inclinó hacia la izquierda y vio que él todavía estaba allí, sentado en la punta de la proa con las piernas colgando fuera de la borda, el espejo se señalización a su lado e intentando avisar con unos prismáticos a un barco de rescate. Aunque no tenía ninguna forma de saber qué hora era, Minho calculó que debía de llevar ahí unas tres horas. Podría haberle dicho que utilizar un espejo para hacer señales en el océano era inútil y una absoluta pérdida de tiempo y energía, pero no lo hizo.
            En primer lugar, si alguien estaba buscándolos, no tenía ni idea de por dónde empezar. En segundo lugar, el espejo resultaba útil en el desierto, no en el océano. Y en tercer lugar, la mayoría de los supervivientes decía haber visto entre siete y veinte barcos antes de que alguien acabara por rescatarlos. Si había alguna embarcación por los alrededores, pensarían que el destello del espejo procedía del reflejo del sol sobre el agua. Pero no se molestó en decirle nada, porque prefería que se quedara allí, en el extremo opuesto al yate. Lejos de él. Ocupado en algo inútil y nada peligroso.
            Era improbable que los rescatasen ese mismo día. Y posiblemente tampoco al día siguiente. Lo cual a Minho le convenía. Necesitaba tiempo para que las heridas se le curaran, y lo último que quería era una señal que delatase su presencia a cualquier señor de la droga que se encontrara por la zona.
            Sintió el calor del sol en los hombros y se quitó la camiseta negra.
La humedad era tan densa que se cortaba con la mano, y utilizó la camisa para secarse el cuello y el pecho. Luego la tiró al suelo de cubierta.
            Había pasado la noche despierto, imaginando cualquier posible situación. Al salir el sol se levantó y comprobó que los miedos nocturnos se habían cumplid: estaban parados en medio de las aguas.
            Encontró los interruptores de los circuitos que habían saltado a causa del fuego y consiguió conectarlos. Mientras durara el gasóleo. Los motores y generadores funcionarían, si no se encontraba la forma de navegar y controlar la velocidad y dirección del yate, resultaban del todo inútiles excepto para generar electricidad. Los depósitos de agua estaban medio llenos y Minho pensó que si racionaban el agua y el gasóleo tenían para unos treinta días. A partir de ese momento, las cosas se complicarían de verdad.
            Tanto el sistema de comunicación como el navegador estaban destruidos por completo y no había modo de repararlos. Por la mañana había echado un vistazo y se había dado cuenta de que no podía hacer para que volvieran a funcionar.
            La corriente los empujaba hacia el noroeste a una velocidad e unos dos nudos y medio, o tres millas por hora en el mejor de los casos, según estimó Minho. Si seguían a esa velocidad y en esa dirección, se acercarían lo suficiente a alguna de las islas de las Bimini para que los viesen los pescadores deportivos. Si todo iba bien, en pocos días unos simpáticos pescadores avisarían y los llevarían al puerto más cercano.
            A no ser, por supuesto, que el ciento les condujera hacia el sur, en cuyo caso era posible que acabaran en aguas cubanas. Minho miró al cielo despejado y a las escasas nubes. Hacía tiempo que no disfrutaba de un buen Cohiba.
            En realidad, no temía morir en medio del mar. Descartando una tormenta o un accidente —lo cual, dado ocurrido la noche anterior, no era una posibilidad tan lejana— cualquier barco que flotase acababa llegando a tierra o encontrando a otro barco. La única pregunta era cuánto tardaría en producirse eso. 
            Al levantarse, registro los armarios, compartimientos, cajones y vitrinas. Encontró un equipo de pesca, comida enlatada, ropas, una máquina de afeitar y una caja de condones (extra finos). Lo que no encontró fue otra radio de más ni un equipo de retransmisión. Tampoco había armas a bordo, lo cual le ponía en una situación de vulnerabilidad y reforzó creencia de que lo mejor que podía hacer en ese momento era descansar.
            Mientras el Joven Kim roncaba en la cubierta de popa, él se entretuvo en buscar el radiofaro de emergencia. Lo encontró en un lado del barco, en el lugar que le correspondía, pero cuando lo abrió descubrió que las pilas no solo eran viejas sino que estaban corroídas, lo cual inutilizaba el equipo por completo.
            Buscó en la caja de supervivencia pilas de recambio, pero las que encontró eran las mismas que había en el momento de comprar el kit, en 1989. Por supuesto, tampoco podía contarse con ellas.
            No le había mentido a Key al afirmar que no sabía si alguien lo buscaba. A esas alturas el Pentágono ya debía de saber que estaba ilocalizable, y también que un yate había desparecido del puerto de Nassau. Pero la posibilidad  de que relacionaran ambos hechos era sólo una conjetura por su parte. Además, en caso de que imaginaran que era él quien dirigía el barco, lo más probable era que esperasen a que regresara, en lugar de salir a buscarlo. Al menor por el momento.
            Pero Lee Hyuk Jae era otro tema. Él si estaría al asecho. El tipo ni sabría por dónde empezar a buscar, pero seguro que lo buscaría. Ése era el problema con los señores de la droga: si uno les mataba a su hijo se disgustaban mucho. Si Hyuk Jae encontraba a Minho, las cosas se pondrían realmente serias; y más valía que Key no supiese nada sobre eso. Dormiría mejor por la noche si su mayor preocupación seguía siendo cómo utilizar el espejo de señales.
            Un repiqueteo de uñas sobre fibra de vidrio procedente de estribor captó su atención. Ese molesto perro venía hacia él, seguramente con la intención de rematar el duelo de miradas. Se acercó a la escotilla de sala de máquinas y se sentó. Ambos tenían los ojos al mismo nivel. Minho se preguntó si, lanzando un palo, podría hacer saltar a esa rata en miniatura por la borda. Plaf. Adiós.
            Baby Doll Kim volvió a adoptar la postura de disecado, decidido a cobrar otro combate. El perro había ganado el primero, y Minho se dijo que era sólo porlevantó una ceja y Minho se dijo que era sólo por aburrimiento que consentía en volver a mirar fijamente al chucho.
            Unos diez minutos más tarde, el perro levantó una ceja y Minho creyó que comenzaba a vencerlo.
            —Te cagas encima, ¿eh, chico? —Minho utilizó su mejor tono de instructor de las Fuerzas Especiales de la Marina.
            —Encantador.
            Minho elevó la vista más allá de los pies, las pantorrillas, el chal rojo, los botones de la blusa blanca, el pecho y cuello, y miró a Key. Un azul cielo caribeño a juego con las gafas de sol de color azul, le enmarcaba la cabeza. El poco maquillaje que llevaba la noche anterior había desaparecido, y tenía color en las mejillas a causa del sol y el calor.
            Estaba absolutamente impresionante y, por el rictus de las comisuras de la boca, Minho dedujo que lo consideraba un absoluto idiota. Lo cual representaba una excelente mejora con respecto a esa mañana, cuando lo había mirado como si fuera un violador.
            —Ya te dije que soy un chico encantador.
            —También lo de era Ted Bundy.
            Era obvio que no estaba equivocado en cuanto a la opinión que Key tenía de él. No le importaba, pero la manera que tenía de sobresaltarse cuando él simplemente lo miraba, o el modo en que se hundía en su asiento con los ojos abiertos de par en par a la espera de que saltara sobre sí, lo sacaba de quicio.
            —El generador y los motores funcionan —le informó Minho. Salió de la sala de máquinas, sin hacer caso del dolor que sentía en el costado, y cerró la escotilla—. Tenemos que ahorrar combustible, así que solo encenderé por la noche un par de horas, y durante el día en caso de que necesites el vatér.
            No pronunció palabra, y él lo miró. Key estaba observando el vendaje que llevaba en el torax y los morados que tenía alrededor del mismo.
            —Alguien te ha dado una buena paliza. ¿Qué pasó, te pillaron en medio de una violación o saqueo?
            —No fue nada tan divertido. Sencillamente apuré demasiado la bienvenida. —Kim levantó la vista hacia la suya y  él añadió—: Una cuestión de tiempos de mala suerte.
            —Sé a qué te refieres —contestó Key; él estaba seguro de que lo entendía—. ¿Dónde estabas para resultar tan inoportuno?
            Minho miró aquellos ojos provocadores a través del cristal de las gafas de sol. El color que tenían le recordaba  un buen wisky Macallan: suave, ligeramente ahumado y muy caro. Pera disfrutar lentamente, y tan añejo que templaba todo el cuerpo.
            Él también tenía la madurez suficiente para saber en qué se había metido, así que, al mirarlo a los ojos, Minho cambió de opinión respecto a no mantenerlo informado. Decidió comentárselo; no todo, pero lo suficiente.
            —¿Has oído hablar alguna vez de los Lee Hyuk Jae?
            —No.
            —Es el jefe del cártel de los Lee y se dedica a pasar cocaína a Estados Unidos y Japón.
            —¿Eres miembro de un cártel?
            Minho lo miró con atención y se dio cuenta de que hablaba absolutamente en serio.
            —Joder, no.
            —¿Esos traficantes están buscándote?
            —Es muy probable.
            Kim cruzó los brazos y ladeo la cabeza.
            —Porque me pillaron en su guarida sin una invitación.
            —¿Y?
            —Y no supieron apreciar mi compañía.
            —Estoy seguro de que ya estás acostumbrado a eso.
            Key se pasó la lengua por los labios. Lo cual provocó que Minho se fijara en ellos.
            —Pero debe de haber algo más.
            El sol brilló en la humedad de su labio inferior durante unos segundos. Minho se preguntó qué sabor tendría, si sería tan sexy y suave como su apariencia. Se obligó a levantar la vista y a apartar cualquier pensamiento de besar a Key Kim.
            —El hijo de Hyuk Jae ha sido asesinado.
            Kim bajó los brazos y Minho esperó a que le preguntase si había sido él quién lo había asesinado.
            —¿Hay agua fresca?
            Sin duda, Key era inteligente y comprendía la situación sin necesidad de que se lo contara.
            O eso o era tan tonto que no lo pillaba.
            —He llenado una botella y la he metido en la nevera —contestó Minho—. Todavía debe de estar fresca.
            Key dio media vuelta para irse, pero se detuvo de repente y giró la cabeza para mirarlo con esos enormes ojos pardos que atravesaban al azul de las gafas de sol.
            —Supongo que no hay agua suficiente para ducharse.
            —No. Tendrás que bañarte en el mar.
            Minho oyó el suspiro de resignación y observó el balanceo de las caderas que se dirigían hacia la cocina y dejaban caer las puntas del chal sobre las pantorrillas.
            Era exactamente igual a lo que se veía en las revistas y los anuncios de televisión: sexo húmedo y caliente desde la punta de los cabellos rubios hasta la punta de las uñas de los pies. Mientras ese estúpido perro se iba tras él, Minho se preguntó si Key sería tan valiente como para desnudarse delante de él y saltar al mar. Era lo mínimo que podía hacer, después de haber incendiado el yate y haberlo dejado a la deriva en medio del océano.
            Minho se sentó con cuidado en el banco donde Key había pasado la noche. Respiró lo hondo que pudo y aguantó la respiración mientras se desataba las botas. La noche pasada había pensado la posibilidad de que existiera un plan secreto del Gobierno para deshacerse de él. Ahora que había pensado mucho en ello, no creía que fuera así. En toda misión existían por lo menos doce cosas que podían ir mal en cualquier momento. Era la ley de Murphy.
            Ya se dio cuenta de ello cuando el vuelo a Nassau se retrasó una hora y le hizo perder el contacto que tenía con la agencia local de la DEA. No le importó, porque guardaba información de última hora en la memoria.
            Pero desde el instante mismo en que había puesto los pies en Nassau la misión había sido un infierno. Debería haberse retirado en ese momento, pero no pudo. Él era Choi Minho, y lo que le hacía tan bueno en su trabajo era lo mismo que había estado a punto de costarle la vida. Odiaba el fracaso. Sólo había fracasado una vez en su vida, y se lo había tomado de forma personal.
            Ese odio al fracaso era lo que lo convertía en un perfecto miembro operativo del Gobierno. Además del hecho de que no tenía familia. Cuando no se encontraba en una misión secreta, llevaba una vida bastante normal.           
            El capitán de corbeta Choi Minho estaba oficialmente retirado de la Marina, y cuando se desmanteló ésta fue reclutado por el Grupo Naval de Desarrollo de Técnicas de Guerra Especiales.
            En la actualidad trabajaba por su cuenta como consejero en temas de seguridad. La empresa de Minho, C Security, era absolutamente legal y le suministraba bastante trabajo cuando no se encontraba en alguna misión. La levantó de la nada y empleaba miembros retirados de las Fuerzas Especiales de la Marina. Mingo y sus hombres enseñaban a las grandes corporaciones a protegerse de tipos como ellos. Tipos que encontraban la forma de penetrar en cualquier tipo de guarida.

            Se quitó el vendaje y, aguantando la respiración, se palpo entre la sexta y la séptima costillas. El dolor era una buena señal, se dijo, pues lo obligaba a tomar consciencia de que estaba vivo. Ese día estaba especialmente vivo, pero había vivido situaciones peores. Por ejemplo, se acordó de una ocasión que se encontraba colgado de una torre de perforación del mar del Norte cubierta de hielo mientras le disparaban. Para él, ésa era ahora su imagen del infierno, y cuando le llegara el momento de la muerte se acordaría de que en ese en entonces había tenido su parte de eternidad. En comparación, encontrarse a bordo de un yate averiado de catorce metros de eslora, con unas cuantas costillas rotas y en compañía de un fastidioso modelo de ropa interior y su fastidioso perro no significaba nada. En realidad, unas pequeñas vacaciones en el Caribe era justo lo que necesitaba.