1
Choi
Minho empezaba a ser demasiado grande para hacerse el Superman. La adrenalina
le corría por las venas y el bello de los brazos se le erizaba, pero eso no era
suficiente para mitigar el fuerte dolor que sentía en el costado que le impedía
respirar. A los veintiséis años, el
sufrimiento que le causaba su deseo de salvar al mundo era más fuerte que
antes.
Se concentró en la respiración para controlar el dolor y
las náuseas que empezaban a invadirlo. Por encima de los pinchazos que le
taladraban la cabeza oía el ruido de los turistas y los taxistas, la música
isleña y el sonido de las olas que rompía en los muelles. No se oía nada
distinto de lo que de ordinario llenaba el aire húmedo de la noche, pero Minho
sabía que ellos se encontraban allí. Si lo atrapaban, no dudarían en matarlo, y
en ésta ocasión lo conseguirían.
La luz del casino Atlantis iluminaba
algunas zonas del puerto deportivo, y por una fracción de segundo se le aclaro
la vista para, inmediatamente, volverse borrosa de nuevo, lo cual causó
estragos en su equilibrio cuando intentó salir de las sombras. Las suelas de
sus botas no hicieron el más mínimo ruido cuando subió al yate que se
encontraba amarrado a la punta del muelle. La sangre que manaba del corte que
tenía en el labio del labio inferior le caía por la barbilla hasta la camiseta
negra. Sabía que cuando se le agotara la adrenalina sentiría muchísimo dolor, pero
tenía planeado encontrarse a medio camino de Florida antes de que eso
sucediera. Ahora, a medio camino desde el infierno, se encontraba de vista en
la isla Paradise.
Minho encontró el camino hacia la
oscura cocina y hurgó en los cajones.
Dio
con un cuchillo de pescado, lo sacó de la funda y comprobó el filo con el
pulgar. La luz de la luna entraba por la ventana de plexiglás que se
encontraban por encima de su cabeza e iluminaba retazos del oscuro interior.
No se preocupó en registrar más a fondo el yate. De todas
formas no se veía demasiado, y estaría perdido si encendía las luces e
iluminaba su posición.
Los cubiertos entrechocaron el cajón cuando Minho lo
cerró de golpe. Si los propietarios se encontraran todavía a bordo, ya había
hecho suficiente ruido para despertarlos.
Y si de repente emergía alguien de la oscuridad, debería
pasar al plan B para contingencias. El problema era que no contaba con ningún
plan B. hacía una hora que había agotado la última estrategia que tenía en
reserva, y en ese momento se guiaba por pura intuición e instinto de
supervivencia, si ese último cartucho fallaba, era hombre muerto. Minho no
tenía miedo a la muerte; simplemente no quería ofrecer a nadie el placer de
matarlo.
Después de comprobar que no aparecía nadie, volvió a la
cubierta y rápidamente cortó las amarras. Subió las escaleras hacia el puente
de mando. La vista se le aclaró por unos segundos, lo cual le permitió advertir
que el puente tenía un techo de lona y ventanas de plástico. Se arrodillo al
lado de la silla del capitán, entre las sombras y la vista se le nublo otra
vez.
Sintió unas fuertes náuseas y se concentró en la
respiración todo lo que pudo. A tientas, valiéndose del cuchillo, extrajo una
sección de la tapa del timón. Mientras extraía un manojo de cables, el corte
que tenía en la frente le escoció a causa del sudor que le deslizaba hasta las
cejas. Seguía sin ver correctamente, y tardo más de lo que hubiera gustado
localizar la parte trasera del botón de ignición. Cuando lo consiguió,
desenredó los cables y los conectó. Los dos motores de a bordo arrancaron y
empezaron a remover el agua; Minho se agarró el costad con una mano y, con la
otra en el timón, se levantó.
Puso el barco en movimiento accionando el acelerador y lo
alejó del muelle. Si giraba la cabeza hacia la derecha la visión le mejoraba y
de esa forma podía mantener el yate centrado y alejado de posibles peligros.
Condujo el barco fuera del puerto deportivo y hacia el
puerto de Nassau pasando por debajo del puente que conectaba la isla Paradise
con la capital, más allá de los cruceros amarrados al muelle Prince George. Esa
noche nada le había salido bien: en ese mismo instante, en cualquier omento,
todavía era posible que los motores se incendiaran, que el fuego desintegrase
el techo de lona y que arrasara el suelo de la cubierta. Desde el instante en
que había llegado a la isla, esa tarde, su suerte había ido de mal en peor, y
no tenía ninguna esperanza de que su mala suerte le abandonara todavía.
—Perdone, pero ¿qué está usted haciendo?
Al oír esa voz, Minho se giró con tanto rapidez que tuvo que agarrarse de
la silla del capitán para no caerse. Se quedó mirando la figura borrosa y doble
de un joven enmarcado por las luces tenues del puerto.
El haz de luz del faro de la isla iluminó de pasada el suelo de la
embarcación y a dos pares de pies idénticos con veinte dedos. Se paseó por dos
pesqueros rojos y azules y por dos vientres desnudos y absolutamente planos.
Dos camisetas blancas que envolvían su pecho. Luego se deslizó entre las comisuras
de cuatro labios carnosos y se enredó en un montón de cabellos rubios. La cara
desapareció en las sombras cuando de ellas emergieron dos minúsculos perros que
chillaban desde debajo de sus brazos con unos sonidos tan agudos que le podían
provocar una hemorragia en los oídos.
—¡Mierda! ¡Solo me faltaba
eso! —exclamó, preguntándose de dónde demonios había salido.
Aquella triste imitación
de perro saltó al suelo, corrió a los pies de Minho y empezó a chillar con
tanta fuerza que cada ladrido le levantaba las patas del suelo. El joven avanzó
y su doble imagen lo siguió cuando se agachó para recoger al cucho.
—¿Quién es usted? ¿Trabaja
para los Thatch? —preguntó.
Minho no podía perder el
tiempo con los perros, preguntas o tonterías en general. Ese joven tenía que
irse. Lo último que necesitaba esa noche era un chucho chillón y un muchacho
con verborrea. Él y su perro tendrían que saltar. La punta de la isla Paradise
se encontraba a menos de treinta metros y posiblemente lo consiguieran. Y si
no, era su problema.
—Haga callar a ese perro o
lo lanzaré por la borda de un puntapié —contestó, en lugar de lanzarlo a él y a
su chuco al mar, maldición, se volvía blando.
—¿A dónde está usted
dirigiendo el yate?
Minho no le hizo caso. Echó un último vistazo a las luces de Nassau que se
alejaban, a las borrosas boyas verdes de señalización y al faro. Luego dirigió
su atención hacia los mandos. Tenía unas cuantas preguntas de su propia
cosecha, pero tendría que esperar para conseguir las respuestas. En ese momento
había temas más importantes, como el de la propia supervivencia.
La adrenalina y el dolor
le hacían temblar las manos, pero gracias a su ilimitada fuerza de voluntad y a
los años de experiencia, consiguió templar el pulso. Hasta el momento no había
detectado ningún barco le siguiera, pero eso no significaba gran cosa.
—Usted no puede, así, sin
más, llevarse este barco. Tiene que volver al puerto deportivo.
Si la cabeza no le hubiera
dolido de esa forma y su cuerpo no hubiera sido utilizado como saco de boxeo,
incluso lo habría encontrado gracioso.
¿Volver atrás, después del infierno por el que había pasado? ¿Devolver el
yate después de haberse tomando todas las molestias para robarlo? No había
ninguna posibilidad de eso. Hacer un puente a ciegas exigía mucho talento.
Minho había subido a cualquier barco que uno pudiera imaginar.
Cualquiera, desde un bote hinchable hasta un submarino militar. Sabía
utilizar un GPS e interpretaba los mapas de navegación uso de compás incluido.
El problema era que, en el estado en que se encontraban sus ojos, lo mejor que
era capaz de hacer en ese momento era intentar mantener el barco rodeado
solamente de agua.
—¿Quién es usted?
Esforzó la vista para detectar la luz dorada de los controles que tenía
delante y dirigió la mano hacia la radio. Falló y volvió a intentar hasta que
sintió los botones en la yema de los dedos. El ruido radiofónico inundó el
ambiente.
Y ahogó las preguntas del joven.
Ajustó el sintonizador hasta que la radio captó la comunicación de un operador
marítimo con un barco de pasajeros y luego pasó a un canal no comercial. No
encontró nada fuera de lo normal y continuó buscando. Ningún canal emitía
ninguna información inusual, pero Minho no buscaba información habitual ni
ordinaria.
—Tiene usted que llevarme
de nuevo al ´puerto. Le prometo que no le contaré a nadie este incidente.
«Seguro que no lo harás,
cariño», pensó Minho al tiempo que intentaba verlo por encima del hombro. Pero
no consiguió ver nada, así que volvió a dirigir su atención a los mandos. Si ese
chico cerrara la boca, por lo menos podría olvidarse de su presencia.
Hacia doce horas que no se
comunicaba con el Pentágono. En su última comunicación les había informado de
que no necesitaría un rescate ni más negociaciones. Los dos agentes de la DEA
que buscaba estaban muertos, y llevaban bastante tiempo así. Poco acostumbrados
a la tortura, obviamente habían sucumbido a manos de sus secuestradores.
—La gente se dará cuenta
de que he desaparecido, ¿sabe? En realidad, ahora mismo seguramente hay alguien
que me echa de menos.
Tonterías.
La policía de las Bahamas era el menor de sus problemas. Se había visto
obligado a matar a Tae Min. El hijo de Lee Hyuk Jae, y a duras penas había
conseguido escapar con vida. Cuando Young lo descubriera, se convertiría en un
disgustado señor de la droga.
—Siéntese y estese quieto.
Aunque veía doble, fue capaz de distinguir las luces de un velero que se
dirigía a ellos por babor. No creía que los Lee hubieran encontrado el cuerpo
todavía, y le parecía improbable que el velero estuviera cargado con
traficantes de droga, pero no se podía dar nada por descontado y, además, lo
último que necesitaba era que él chico se pusiera a chillar hasta desgañitarse.
Minho sintió, más que vio,
que él muchacho se movía y, antes de que pudiera dar un paso, lo agarró por el
brazo.
—Ni se le ocurra hacer una
tontería.
Chilló e intentó zafarse de él. El perro también
chilló, para continuación saltar a cubierta y cerrar las fauces sobre el
pantalón de Minho.
—¡Quítame las manos de
encima! —gritó él muchacho, y le dio un golpe casi al mismo tiempo que él
sintió un pinchazo en la cabeza.
—¡Joder! —Minho sujetó al
muchacho contra su pecho.
Tuvo que apretar las
mandíbulas para aguantar el dolor que sentía en las costillas mientras
intentaba a garrarla por las muñecas. El muchacho se debatió, pero era débil y
muy afeminado, así que no era un contrincante para Minho. Con facilidad
consiguió sujetarle las muñecas cruzadas sobre el pecho y la apretó contra sí
evitando sus codazos. El pelo del muchacho, arremolinado sobre la cabeza, le
hacía cosquillas en la mejilla. Minho le explicó en qué consistía su indefensa
situación:
—Sea un buen chico y,
quién sabe, a lo mejor consigue vivir para ver cómo sale el sol.
Él se tranquilizó de
inmediato.
—No me haga daño.
Era obvio que ella le
había entendido mal, pero Minho no se tomó la molestia de corregirlo. No era a
él a quien debía temer. No tenía ninguna intención de hacerle daño, a no ser
que él le pegara otra vez. En esos momentos, la suerte estaba echada.
El velero se aproximaba
deslizándose sobre las tranquilas aguas, que no eran más que una mancha borrosa
para Minho, lo cual le hacía recordar su posición de debilidad. Era incapaz de
ver nada con nitidez. En ese momento, la oscuridad resultaba mejor para su
vista que la luz, lo que ofrecía ventajas y desventajas por igual. No
necesitaba consultar a un médico para saber que tenía las costillas rotas y,
por otro lado, estaba convencido de que encontraría sangre en la orina durante
al menos una semana. Lo peor de todo era
y sus hombres le habían quitado todos sus juguetes: sus armas y sus
aparatos de comunicación. Se habían llevado incluso su reloj. No tenía ninguna
herramienta con que defenderse, y si lo encontraban, Minho no sería otra cosa
que un cerdo para el matadero. Peor que un cerdo para el matadero. La mala
suerte le había enviado a una débil mujer, una civil, con su irritante perro.
Minho sacudió la pierna y el bicho salió patinando por el suelo.
—Suélteme y me sentaré,
como usted me pidió.
Minho no la creyó. No
confiaba en que él no intentaría cualquier cosa y, en su estado actual, ni
siquiera lo vería venir. Había pasado por demasiadas cosas esa noche como para
permitir que él le diese el tiro de gracia. Entornó los ojos y consiguió que el
doble mundo que le rodeaba se unificara en una sola imagen. La luz de popa del
velero pasó de largo sin ningún incidente y, para increíble sosiego de Minho,
el mundo no volvió a desdoblarse.
—¿Quién es usted? —le
preguntó el muchacho.
—Soy uno de los chicos
buenos de la película.
—Bien —dijo él, pero no
parecía muy convencido. Más bien intentaba apaciguarlo.
—Le estoy diciendo la
verdad.
—Un chico bueno no va por
ahí robando barcos y secuestrando jóvenes.
Eso tenía sentido, pero
estaba totalmente equivocado. A veces, la diferencia entre un chico bueno y un
chico malo era tan borrosa como su vista.
—No he robado este barco.
Lo he requisado. Y no lo he secuestrado.
—Entonces, lléveme de
nuevo al puerto.
—No.
Minho se había entrenado
con lo mejor que los militares podían ofrecer.
Excluyendo el fiasco de esa noche, era capaz de disparar y llevarse el
botín mejor que muchos. Era capaz de trepar a cualquier instalación, conseguir
lo que necesitaba y volver a tiempo para sentarse a la mesa a comer; pero sabía
por experiencia que sólo un chico histérico conseguía que una situación solida
se convirtiera en un infierno.
—No voy a hacerle ningún
daño. Solamente necesito poner alguna distancia entre Nassau y yo.
—¿Quién es usted?
Pensó en darle un nombre falso, pero como lo más
probable era que lo averiguara cuando intentase que lo arrestaran por
secuestro, le dijo la verdad.
—Soy el capitán de corbeta Choi Minho —explicó,
pero no se trataba de toda la verdad. No menciono que se había retirado del
servicio militar y que actualmente trabajaba para un organismo del Gobierno que
no existía sobre el papel.
—Suélteme —le pidió el muchacho.
Minho miró sus manos borrosas, que sujetaban
todavía las muñecas de él. Tenía los nudillos incrustados en el suave cojín de
su pecho y, de repente, sintió la delgada espalda de él pegada a su tórax. El
redondo trasero del muchacho se encontraba apretado contra sus testículos y el
deseo se mezcló con el dolor en las costillas y en la cabeza. Se encontraba
disgustado y sorprendido en igual medida por el hecho de sentir algo más que
dolor. Sintió la presencia de la mujer en toda su piel, así que obligo a ese
sentimiento a retroceder y lo enterró en los rincones más oscuros, donde
enterraba todas sus debilidades.
—¿Vas a volver a pegarme? —le preguntó.
—No
Lo soltó, y él se alejó son tanta urgencia como
si estuviera envuelta en llamas. A través de la oscuridad de la cabina, Minhp
distinguió la figura del muchacho que desaparecía tras la esquina y, luego,
volvió a centrarse en los mandos.
—Ven aquí, Baby.
Minho se giró, convencido de que no había oído
bien.
—¿Qué?
Él recogió a su perro del suelo.
—¿Te ha hecho daño, Baby Doll?
—¡Jesús! —masculló Minho con cara de asco.
Al perro le había puesto de nombre Baby Doll, estaba claro por qué ese chucho era insoportable. Volvió a centrar la
atención en el GPS y apretó el botón. La pantalla se iluminó con unas líneas
grises y borrosas y unos números temblorosos. Minho entornó los ojos y
consiguió enfocar mejor la imagen de la pantalla. En el lado de babor de la
pantalla se podía distinguir las líneas de la isla Andros que se encargaban,
así como la cadena de las islas Berry alejándose a estribor. Le resultaba
imposible leer el aumento de longitud y latitud, pero pensó que si dirigía
hacia el noroeste durante una hora antes de poner rumbo al este llegaría a las
costas de Florida por la mañana.
—Si de verdad es usted capitán, enséñeme sus
credenciales.
Aunque no le hubieran quitado todos los
documentos cuando lo capturaron, a él no le habrían servido de mucho. Habían
llegado a Nassau con el nombre de Nam Ji Hyuk, y todos sus papeles —desde su
pasaporte y carné de conducir hasta sus notas de bolsillo— eran falsos.
—Siéntese, señor. Esto se habrá terminado antes
de que se dé cuenta —le dijo porque no tenía otra cosa que decirle; por lo
menos, nada que él pudiera creerse.
Los ciudadanos americanos vivían más tranquilos
sin tener notica de la existencia de hombres como Minh, hombres que operaban en
la sombre, que llevaban a cabo, sin dejar rastro, ciertas misiones para el
gobierno de Estados Unidos y cobraban un dinero que tampoco dejaba rastro
alguno. Hombres que contestaban llamadas telefónicas inexistentes en oficinas
inexistentes del Pentágono. Hombres que reunían información, frustraban las
acciones de los terroristas y quitaban de la circulación a los chicos malos,
permitiendo que el Gobierno pudiera negar su relación con todo ello.
—¿A dónde vamos?
—Hacia el oeste. —Ésa era toda la información que
él necesitaba.
—Exactamente, ¿hacia dónde del oeste?
Minho no necesito mirarlo para saber, por el tono
de su voz, que era la clase de hombre a la que le gustaba mandar, un absoluto
tacacojones. Ni siquiera en las mejores circunstancias Minho permitiría que
nadie le tocara los cojones. Y por supuesto, no estaba dispuesto a permitir que
una mujer le jodiera la noche más de lo que ya se la habían jodido.
—Exactamente hacia donde yo decida.
—Tengo derecho a saber adónde se me lleva.
Normalmente Minho no disfrutaba imitando a las
personas, pero que no disfrutara no significaba que tuviese reparos en ellos.
Ralentizó el motor hasta alcanzar una agradable velocidad de veinte nudos,
accionó el control de crucero y se plantó delante de la mujer con su perro, una
figura en sombras en la esquina del puente.
La luz de la luna, que atravesaba el parabrisas,
iluminó el hombro y el cuello del muchacho. Él debió de verle la cara, porque
contuvo el aliento y se encogió todavía más en el rincón. Bien. Mejor que le
tuviera miedo.
—Escúchame con atención —dijo Minho, poniendo las
manos en jarras y acercándose a él con expresión amenazadora—. Puedo
facilitarte las cosas, pero también puedo ponértelas realmente difíciles.
Tienes dos posibilidades: sentarte y disfrutar del crucero o enfrentarte a mí.
Si decides hacer esto último, te juro que no ganarás. Bien, ¿qué es lo que
deseas?
Él no dijo ni una palabra, pero el perro salió
disparado de sus brazos y clavó los dientes en el hombro de Minho como un
murciélago rabioso.
—¡Mierda! —Minho agarró al chucho.
—¡No le haga daño! ¡No le haga daño a Baby!
¿Hacerle daño? Minho pensaba aplastarlo hasta
convertirlo en un montón de grasa. Tiró de él y la camisa se rasgó. La bestia
gruñona abrió las mandíbulas y Minho lo dejó caer al suelo. El perro chilló y
huyó.
—¡Eres un mal nacido! —gritó él—. ¡Le has hecho
daño a mi perro!
Solo cuando sintió su puño en contacto son su
cabeza se dio cuenta Minho de que él le había atacado por su lado débil. Los
oídos comenzaron a zumbarle, la vista se le nubló todavía más y Minho le dedico
varios epítetos.
Él fue a darle otro puñetazo, pero Minho le
agarró la muñeca antes de que lo consiguiera. Le puso la zancadilla, y ella
cayó al suelo con un fuerte golpe. Minho se había cansado de jugar limpio. Lo
obligó a ponerse boca abajo y se arrodilló sobre su espalda. Él se debatió y
peleó mientras se inventaba insultos patéticos.
—¡Quitate de encima de mí!
¿Quitarse de encima de él? Era poco probable. Iba
a amordazarlo, atarlo y echarlo por la borda. «Sayonara, corazón.» la luz tenue
del GPS se arrastró por el suelo hasta
los pies desnudos y las pantorrillas del muchacho, que soltó una patada. Minho
le arrancó un trozo de los pesqueros.
—¡Basta! ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
En lugar de contestar, Minho se le sentó encima
con una piernas a cada lado de las caderas para mantenerla quieto. Aunque el
muchacho se debatía para darse la vuelta, consiguió agarrarle un tobillo y
anudarle un trozo de la tela. Él se desgañitó mientras Minho le ataba los pies
juntos. Luego volvió a tirar de los pantalones y esta vez se los arrancó por
completo. Las largas piernas aparecían pálidas contra el suelo oscuro de
madera. Los bóxer debían de color rosa o quizá blancos. Minho no estaba seguro,
pero no pensaba entretenerse en averiguarlo.
Le rogó que se detuviera, pero a él le zumbaban
los oídos, y no la oyó. Minho rasgó un trozo de los pantalones y apoyó una mano
sobre su trasero. Seda. Los bóxer eran de seda. Con rapidez, se dio la vuelta
para estar de cara a la cabeza de él. Se levantó un poco con las rodillas
contra el suelo, pero presionando con fuerza su cintura. Preparó un nudo en la
tela y, aunque él escondió las manos debajo del cuerpo, le agarró unos de los
brazos y lo colocó sobre su espalda. Le ató las mulecas y se levantó. Ahora que
la adrenalina le bajaba y parecía que, después de todo, era posible que
sobreviviera, sus neurotransmisores empezaron a funcionar con menos
interferencia y el dolor de cabeza y en el constado provocó más náuseas que antes.
Respirando con fuerza, pasó por encima del
muchacho echado en el suelo y se dirigió al timón. Había gastado un tiempo
precioso tratando con ese pasajero indeseado y su indeseable perro. Desactivó
el control de crucero y subió la velocidad a cincuenta y cinco nudos.
Baby Doll pasó como una flecha por su lado y el
sonido de las uñas arañando el suelo le destrozó los oídos. Luego, el silencio
llenó la cabina. Minho abrió una ceja de bengalas de señalización que se
encontraba a un lado del timón. Durante media hora, la vista se le aclaró lo
suficiente para examinar las diez bengalas de mano. En cuanto a convertirlas en
algún tipo de arma defensiva, llegó a la conclusión de que no tenía suficiente
magnesio para conseguir una bomba incendiaria decente.
Volvió a dejar la caja al lado del timón y
observó el GPS. Ahora se veía la silueta de Andros y de las islas Berry a popa.
Cambió el rumbo unos cuantos grados hacia el oeste, en dirección a la costa de
Florida. Luego, cuando estuvo bastante seguro de que no encallaría contra
ninguno de los setecientos cayos e islas que conformaban las Bahamas, volvió a
reducir la velocidad y activó el control de crucero.
Minho apretó las mandíbulas a causa del dolor en
el costado y, al alejarse del puente, dirigió la vista hacia la esquina oscura.
El muchacho había conseguido incorporarse. Entre las sombras pudo distinguir el
blanco del chal, y un hilo procedente de la ventana brilló sobre las uñas de
sus pies. El minúsculo perro estaba enroscado a su lado.
Sin dirigirle ninguna otra mirada, Minho se alejó
del puente y bajo despacio las escaleras, sujetándose el costado. La
respiración se le hizo más difícil y cuando entró en la iluminada cocina, unos
puntos flotaban ante sus ojos. Encontró un botiquín de urgencia al lado del
horno y, en el congelador, una bandeja con hielo.
En el frigorífico había botellas de vino, ron y
tequila y una caja de prácticamente entera de cerveza. Dos Equis. En
circunstancias normales, Minho sólo se permitía tomar una o dos cervezas, pero
esa noche necesitaba más; incluso necesitaba algo más fuerte, así que optó por
el ron. Destapó la botella y se la llevó a la boca. El corte que tenía en el
labio le dolió, pero a pesar de ello tomó varios tragos largos. Envolvió el
hielo en una toalla de mano y se la puso debajo del brazo.
Con el botiquín bajo el brazo, atravesó el salón
y encendió la luz del baño. Se encontró cara a cara con su reflejo en el espejo
que había encima del lavabo. No supo qué era peor: su aspecto o su malestar.
Tenía la parte izquierda de la cara hinchada y de color morado. Sangre seca
procedente de la nariz le cubría la mejilla y la sangre del corte en el labio
se había deslizado por su mentón.
Tomó un trago de ron y estudió la rasgadura en la
camisa y la pequeña mordedura del perro en el hombro. No era profunda, sólo un
arañazo en realidad y, comparada con el resto de las heridas, ni siquiera
necesitaba una inspección. Solamente deseaba de corazón que el maldito chucho
fuera quién hubiera recibido todos sus golpes.
Con una sola mano Minho se sacó el faldón de la
camisa de los tejanos negros y la levantó. Unas feas marcas le atravesaban el
torso y en el costado izquierdo tenía una marca de bota. Por lo menos se
encontraba vivo.
De momento.
Hurgó en el botiquín de
primero auxilios hasta que encontró un frasco de Motrin. Depositó cinco
tabletas en la palma de la mano y se las tragó con ron. Luego se envolvió las
costillas con una venda fría. Aunque el vendaje no resultaba de gran ayuda, se
lo colocó en el lugar adecuado. Encontró jabón antiséptico y con él se lavó la
sangre de la cara y el cuello. Mientras, pensó en lo que había sucedido esa
noche y se preguntó cómo era posible que la misión se hubiera complicado tanto
desde el principio.
La información que había
recibido era errónea: sus planes para contingencias habían fallado por completo
y quería saber por qué. Los datos con que contaba ubicaban a los hombres de Lee
en una parte de la iglesia del enorme complejo, pero se encontraban claramente
en otra.
Los agentes de la DEA se
habían mantenido en la parte de delante del edificio, en lugar de la de detrás,
pero eso no era lo importante. Los terroristas no son, precisamente, gente
predecible, y los informes siempre se encuentran sujetos a cambios de última
hora. Minho lo sabía, estaba acostumbrado a ello.
Pero lo que nunca le había
sucedido era encontrarse con todos los caminos de huida cortados de forma tan
inesperada, y se le ocurría que quizás alguien de dentro no tenía ningún
interés en que sobreviviera en esa ocasión.
Minho se lavó los restos
de la sangre y se cubrió el corte de la frente con estropajo quirúrgico. Con el
hielo envuelto en la toalla en una mano y el ron en la otra, volvió a la
cocina. Sólo existía una persona del comando de operaciones especiales en quién
confiara completamente: el jefe del estado mayor, el general Lee Jin Ki, un
fumador empedernido, malhablado y un excelente tirador que había servido en
Vietman y en la operación Tormenta del Desierto, alguien que conocía la visa en
las trincheras y sabía lo que era encontrarse entre la espada y la pared.
El general era un tipo
duro pero justo. Sabía qué era operar en la clandestinidad, qué comportaba y
qué significaba. Pero Minho no podía arriesgarse a contactar con él todavía. No
a través de una línea insegura. No si la transmisión podía ser interferida por
cualquiera que se encontrara en un radio de cincuenta metros. No mientras fuera
un objetivo tan fácil.
Minho dio vueltas por el
yate otra vez en busca de un arma. Hurgó en los armarios del camarote, de la
cocina y del salón, pero no encontró nada mejor que unas espaditas de plástico
para cocteles y un juego de cuchillos de mesa.
Se vació el frasco de las pastillas de Motrin en el
bolsillo y abrió la mochila que encontró encima de la mesa del pequeño comedor.
Desparramó el contenido encima de la mesa, buscando algún tipo de analgésico
como codeína o Darvocet, pero no había nada excepto una caja de Tylenol. La mochila
contenía algunos cosméticos y golosinas para perro, un cepillo de dientes y uno
para el pelo y fichas de casino. Abrió el billetero y observó el permiso de
conducir de Carolina de Norte. Con una mano se aplicó el hielo a la cara
mientras con la otra se acercaba el permiso de conducir al ojo bueno. Por un
momento pensó que el rostro le resultaba familiar, pero no hasta que leyó el
nombre cuando reconoció a la mujer.
Key Kim. Key Kim, el
famoso modelo de ropa interior y bañadores. Quizá el más famosa de todos. Su
nombre evocaba la imagen de un muchacho casi desnudo, rodando sobre la arena o
deslazándose entre sábanas de satén, un hombre de piernas largas, pezones rosas
y sexo caliente. Sus fotos en el Sports Illustrated habían sido las favoritas
de los chicos de Little Creek.
Minho tiró el billetero
sobre la mesa. Maldición. La situación acababa de complicarse un poco. Para el
Gobierno, eso iba a resultar un poco más difícil de ocultar. Además, si volvían
a capturarlo antes de que llegase a Estados Unidos, el consentido muchacho que
se encontraba en el puente no tendría ninguna oportunidad. Sólo unos minutos
antes habría jurado que su situación no podía ser peor, pero en esos momentos
había empeorado, y mucho.
Con el ron y con el hielo
envuelto en la toalla, y una expresión de amargura en el rostro, Minho se
dirigió al puente. Quizás ese joven no fuera Key Kim. Que la mochila de Key Kim
se encontrara en la cocina no significara necesariamente que el hombre alto y
rubio a quien había maniatado fuera Key Kim. Bueno, quizá sí, y quizá también
era posible que a Minho le crecieran alas y pudiera ir volando a casa.
Subir las escaleras no le
dolió menos que antes bajarlas. Tuvo que pasearse dos veces y agarrarse el
costado a causa del fuerte dolor antes de poder continuar. En una ocasión,
Minho se había roto casi todos los huesos del cuerpo, de modo que sabía por
experiencia que las costillas eran lo peor.
Básicamente porque dolían incluso al respirar.
En la oscura canina Minho
recogió la camisa blanca. Él se encontraba en el mismo sitio en que lo había
dejado; Minho se dirigió hacia los mandos y depositó la botella de ron y, la toalla
con el hielo al lado del acelerador.
—Pronto habrá terminado
todo —dijo, en un intento de tranquilizarlo.
Teniendo en cuenta que él
había tratado de romperle la cabeza, no sabía por qué se preocupaba. Quizá
fuera porque, de haberse encontrado él en esa situación, habría hecho lo mismo.
Pero él lo habría conseguido, pensó mientras volvía a sujetarse el hielo contra
la cara.
—¿Puedes desatarme, por
favor? Necesito ir al baño.
La única arma letal que
había a bordo se encontraba al lado del ron, encima de los mandos, así que
Minho consideró la petición.
—Si lo hago, ¿vas a
intentar golpearme otra vez?
—No
Max observó su silueta, buscando
cualquier detalle que lo identificara como el hombre conocido en todo el mundo
solamente por el nombre de pila. No conseguía decidirse en ningún sentido.
—Eso mismo dijiste la
última vez.
—Por favor. De verdad que
tengo que ir.
Max miró alrededor.
—¿Dónde está el chucho?
—Aquí, dormido. No volverá
a mordente. He hablado con él, y lo siente mucho.
—Ah.
Minho agarró el cuchillo
para pescado, cruzó la cubierta y, tratando de mantener la espalda tan recta
como fuera posible, se arrodilló al lado de él.
En la oscuridad de la esquina buscó los pies y cortó con facilidad la tela
que los tenía atados.
—Date la vuelta.
Cuando él lo hubo hecho,
cortó la tela que le sujetaba las manos.
Minho se levantó, agarrándose el costado y con mayor dificultad que cuando
se agachó.
—Todo esto habría podido
evitarse si hubieras hecho lo que te dije.
—Lo sé. Lo lamento.
Un sentimiento de alarma
se le encendió mientras enfundaba el cuchillo y se lo colocaba en la cintura
del pantalón, a la espalda. No se fiaba de esa docilidad, pero quizás él se
hubiese dado cuenta de que no había nada que hacer y que le convenía más no
enfrentarse de nuevo a él.
Sí, quizás. O quizás Minho se volvía blando con el tiempo.
Él pasó por su lado con el
perro en los brazos, rumbo a la puerta. En lo alto de las escaleras, la luna le
iluminó la espalda y el trasero, y Minho percibió el perfume que dejó tras su
paso.
Minho se dirigió a la
silla del capitán y cogió la botella de ron. Bebió un trago y miró la luna caribeña a través del
parabrisas. Observó las olas y la vastedad del océano. Al lado de un periódico
doblado había unos prismáticos y se los acercó a los ojos con cuidado, pero no
pudo ver nada excepto el océano negro. Se relajó un poco.
Minho siempre se había
encontrado con lo peor que la vida le podía depara, pero siempre lo había
superado. Había pasado por seis meses de entrenamiento en las fuerzas
especiales de la Marina, había estado en la operación Tormenta del Desierto,
había capturado terroristas en Afganistán, el Yemen y en el mar del sur de
China, pero esa noche había sido peor que todo eso. Gracias al ansia de Lee Tae
Min por impresionar a su padre con su brutalidad y con un arma de pacotilla,
ahora Minho estaba vivo. No se podía decir lo mismo de Tae Min.
Todavía recordaba con todo
detalle el sonido del arma encasquillada, cómo Tae Min apartó los ojos de él
para examinarla y cómo Minho aprovechó su turno. Cómo rompió la silla con las
manos atadas y cómo un trozo del respaldo le sirvió para salvar la vida. Cómo
corrió por el muelle hasta esconderse en las sombras y sacar partido de esa
oportunidad.
Al dejar la botella encima
le llegó de detrás, con una voz sin aliento y con cierto acento sureño. Él encendió
las luces, que inmediatamente acuchillaron las córneas de Minho
—Hazlo virar o disparo.
El dolor de la luz que
inundó de repente el puente le obligaron a entornar lo ojos. Se dio la vuelta
despacio y ya no tuvo que dudar de que a quien llevaba en el barco era al
famoso modelo de ropa interior.
Key Kim era igual de
despampanante en persona que en las portadas de las revistas de moda. Se
encontraba de pie frente la puerta, con la mitad del pelo revuelto como si
acabara de levantarse de la cama. Unos profundos ojos marrones le miraban desde
debajo de dos cejas de arco perfecto. Se había desatado la camisa de debajo de
los peznes y se la había abotonado hasta abajo. Esas piernas largas y suaves
eran la fantasía de todos los hombres. También hubiera podido ser la suya, si
no fuera por la pistola de señales que le apuntaba al pecho. El joven Key Kim
había estado muy ocupado.
Bueno, antes se había
preguntado si era posible que esa noche fuera
peor, y ahora estaba claro que sí. Debería habérselo imaginado. Habría
podido seguirlo, pero prefería enfrentarse a una docena de pistolas de bengalas
que bajar otra vez esas escaleras.
—¿Qué vas a hacer con eso?
—le preguntó.
—Disparate si no haces
virar este barco de inmediato.
—¿Estás seguro?
Minho no creía que fuera
capaz de dispararle. La mayoría de las personas eran incapaces de mirar a los
ojos de un hombre y acabar con su vida.
—Eso hará un agujero
bastante grande, y un considerable estropicio, además.
—No me importa. Haz virar
el yate.
Quizá sí fuera capaz.
Quizá no, pero no había ni la más mínima posibilidad de que Minho volviera a
Nassau.
—¡Ahora!
Minho negó con la
cabeza.
—Ni siquiera por usted,
miss Julio —dijo.
Él entorno los ojos con
rabia y Minho lo provocó un poco más esperando que iniciara un gesto para que
él pudiera reaccionar.
—¿Cómo se llamaba esa
revista donde aparecías en portada con ese bóxer rojo? ¿Hustler?
—Era Sports Illustrated.
Minho se llevó la mano al
labio partido.
—Ah, sí. —Observó los
restos de sangre en los dedos y volvió a mirarlo—. Ya me acuerdo.
Él frunció todavía más las
cejas.
—Fuiste un gran éxito
entre los equipos ese año. Creo que Cho Kyuhyun se agarró la zanahoria varias
veces en tu honor.
—Muy amable. —En sus ojos
no había ni orgullo ni diversión—. El barco —le recordó, con un pequeño gesto
con la pistola—. Hazlo virar. No estoy bromeando.
—Ya te dije que no puedo
hacerlo.
Minho cruzó los brazos,
como si estuviera relajado. En realidad, estaba preparado para desenfundar el
cuchillo y clavárselo en un ojo antes de que él tomara aliento de nuevo. Pero
no quería hacerlo. No quería matar a un famoso modelo de ropa interior. Al
gobierno no le gustaba que se matara a civiles, así que lo más probable era que
Minho le quitara el arma de una patada, aunque eso le dolería y no tenía muchas
ganas de hacerlo.
—Si quieres que este barco
vuelva a Nassau, tendrás que venir aquí y hacerlo tú mismo.
—Si intentas cualquier
cosa… —Vacilando, él dio dos pasos hacia delante con su perro entre los pies
desnudos.
—Qué, ¿me azuzarás a tu
rabioso chucho otra vez?
—No, te dispararé.
Minho se apartó un poco
para dejarlo pasar y señaló el timón.
—Tiende a vibrar por
debajo de los cincuenta nudos —le advirtió.
Él se detuvo y, con la
pistola, le indicó que se apartara del todo del timón.
Minho sacudió la cabeza y la observó. Esperó hasta que él dio otro paso vacilante
y entonces, de repente lo agarró por la muñeca. Él intentó soltarse y la
pistola se disparó. El arma de calibre doce lanzó una bola de fuego contra el
timón. Impactó contra el GPS e hizo pedazos la botella de ron, que explotó en todas direcciones. El ron se
incendió y, como un río en llamas, atravesó el panel de mandos y se internó por
el agujero que Minho había abierto para hacer puente al motor.
Minho y Key cayeron al suelo cuando la bola de quinientas candelas atravesó
el panel y explotó debajo de él con un fuerte estallido, lanzando leguas de
fuego a través del agujero. Las bengalas rojas se encendieron una por una e
incendiaron el timón como si fueran diez pequeños sopletes. Los cables
chisporroteaban y el motor se detuvo. Como si fueran los espasmos de muerte del
Titanic, las luces parpadearon y se apagaron por completo.
La única luz en la negra noche provenía de las llamas danzantes con sus
destellos anaranjados del timón incendiado.
—Dios mío —dijo entre
sollozos el joven Kim
Minho se puso a cuatro
patas y vio que el periódico se había prendido y que las llamas subían por el
parabrisas hasta el techo de lona. Era evidente que su mala suerte no había
terminado aún.
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